114° años de Río Colorado: Rituales calmantes, preguntas inquietantes

(NOTI-RIO) La celebración de un aniversario obedece a ciertas pautas tan tácitas como inescapables. Se alude a los tantos años de…, se acude a mezcla de referencia histórica y leyenda piadosa, coronada con una porción de vacua autocomplacencia.
Todo va bien, como en el cumpleaños de la abuela o en un velorio intrascendente, hasta que un comedido saca a relucir cierta historia embarazosa, o aventura comparaciones entre lo que fue, lo que no pudo ser y lo que somos. Y se pudre el festejo, por lo cual culpamos al aguafiestas que ha perturbado el ritual calmante con sus preguntas y dudas. Desagradable tarea la suya, asumida hoy por este escribiente. Pero es que celebrar no es festejar. Y la parte del festejo ya está por demás cubierta, con la elección de reina, los discursos oficiales, las crónicas descafeinadas y algún espectáculo traído de afuera y por el que se paga buen precio, tanto como costaría esa casita que no tenemos para albergar a alguien en situación de riesgo.
Conmemoramos un nuevo aniversario de la institución municipal de Río Colorado, en este 29 de marzo, fecha que exhumó la investigadora Alicia Pulita. Aquí se oye decir que el cumpleaños es “de la fundación” del pueblo. La confusión no es menor, y merece que se la analice. Delata un sesgo de la memoria, una anteojera ideológica: es como confundir al cobrador de SADAIC con Charly García o Beethoven. Damos por sentado que el pueblo empezó a existir cuando tuvo un gobierno municipal. Y eso no es verdad.
Conviene recordar que la población de Río Colorado, y algo antes que ella la de Buena Parada, como en la orilla pampeana Melicurá, nacieron y pasaron sus infancias orejanas de papeles, se diría indocumentadas. Fueron obra de “criollos de cuatro provincias / y con indios mesturaos”, en palabras de don Ata; y no sólo ellos; porque enseguida se les sumaron gallegos, tanos, rusos de Ucrania, polacos, alemanes del Volga. Si la primera sociedad local fue hija de un vado y acunada en un paradero, tan pronto llegó el tren Río Colorado pasó a ser un entenado del ferrocarril.
Pero retengamos esto: nacimos como pueblo mestizo, y nacimos antes del acta oficial del 29 de marzo de 1901 y de la forma estatal allí decretada. Hay que resaltar también que en esos primeros años, más allá del desconcierto y batifondo de la política, la escuela pública (la 14, que sigue hasta hoy) ya estaba trabajando día tras día, siempre y para todos; fue un ámbito de construcción social sólido y permanente.
Otro dato interesante, que surge del trabajo de Alicia y debiera ser subrayado: el Estado local no nació en unicidad sino como entidad binaria; como esas estrellas gemelas que según dicen son mayoría en los cielos. El decreto reconocía oficialmente a “Buena Parada – estación Río Colorado” y establecía su Consejo: un Estado compuesto, mellizo, como el pueblo al que debía servir. El olvido de este dato se nos ha vuelto mala costumbre; nos cuesta pensarnos como pluralidad social e institucional. Valga un ejemplo: hubo acciones parciales de reparación, pero recién en 2015 se incluye en el presupuesto provincial una obra de restauración del primer edificio municipal, el de Buena Parada, dañado por la inundación de 1915. Cien años después.
Aquel 29 de marzo se creaba, no una Intendencia, sino un Consejo Municipal, conforme a un modelo de gobierno local trazado por los inmigrantes galeses en la bodega del Mimosa, y aplicado luego en los Territorios Nacionales. El corazón de esta forma de gobierno era plural. Y así nos gobernamos hasta los años 90; sin saberlo, estábamos a la par de las instituciones más modernas, como el gobierno por comisiones de algunas ciudades españolas: útil invento aquel, que alegremente hemos echado por la borda porque no se lo entendía. O porque…
Lo cierto es que la fundación no tiene ni podría tener fecha, porque no se corresponde con la aprobación de una mensura ni con la instauración de una oficina. Fue una obra colectiva, de agregación espontánea: fundación por goteo, sin acto oficial, ni mástil en la plaza, que no la había.
Esa iba a ser una constante en nuestra historia pueblerina: gente haciendo cosas, gente creando: creando instituciones, espacios culturales, sociales, económicos. El sistema de riego no lo hizo el Estado, sino la gente misma; entre ellos, propietarios de tierras que apostaron al progreso. Y tampoco el Estado hizo la Biblioteca Popular, ni la mayoría de los edificios escolares, ni el Hogar del Niño, ni la docena de Cooperativas que nos dieron prosperidad. Porque este fue un país cooperativo, al menos hasta los años 70.
Ahora bien; testigo impertinente, debo hacer constar una verdad que desazona: creo que somos menos capaces de crear hoy que en las décadas de 1930, 40, 70. No es sólo que hay menos aserraderos, bodegas, industrias que hace cuatro décadas; ni que las fuentes de trabajo se limitan al Estado, a dos o tres plantas de fraccionamiento, a la siempre incierta actividad frutícola o ganadera; no es sólo que de la tierra puesta bajo riego a partir de los años 20 del siglo pasado, menos de la tercera parte está siendo trabajada hoy; ni que se ven casi tantas chacras abandonadas como trabajadas; no es sólo que uno anda por las calles céntricas y ve un negocito cerrado por cada uno abierto. Lo más grave es que están en baja las ganas de crear, de hacer algo colectivamente, unos junto a otros. El local cerrado es la imagen de la insuficiencia de pelearla a solas.
En esta coyuntura, creo que la mejor manera de celebrar un aniversario no pasaría tanto por traer un artista de afuera (aunque bienvenido sea) sino sacar al artista que tenemos adentro, a la persona capaz de hacer cosas en entendimiento con los otros. ¿Por qué no hay un acuerdo compartido por las fuerzas políticas y las entidades sociales en torno a ciertos ejes de desarrollo local? A veces el político lamenta el individualismo de la población; pero nuestros partidos son ejemplos de autismo. Ahora bien, ese acuerdo grande, básico, asumido claramente, es la verdadera refundación que necesitamos como pueblo. Sin él, sólo nos queda esta vacua celebración de algo no muy bien recordado.

Ramón Minieri
Río Colorado

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