Hay quienes le temen a otros por lo que puedan pensar o decir. Pero muchas veces no se trata de lo que los demás dicen, sino de lo que ellos mismos se dicen.
El diálogo interno de estas personas es un diálogo negativo: “No digo mucho porque no tengo nada importante para decir” o “este lugar no es para mí”. Como tienen miedo de ser juzgados, comienzan a autocriticarse y, finalmente, el juicio termina viniendo desde la propia persona.
Cuando estamos constantemente observándonos, comenzamos a generar una imagen negativa de nosotros mismos por el miedo a equivocarnos, y entonces aparecen las inseguridades y temores propios de una estima que no goza de buena salud.
Frente a esto, son muchas las presiones y las dificultades que se enfrentan, por no darse el verdadero valor que estas personas tienen.
Si alguien no es capaz de priorizarse a sí mismo, seguramente cargará mochilas ajenas sobre sus hombros y tendrá que enfrentarse, probablemente, al acoso, la infidelidad, la manipulación, el control, la estafa y el aislamiento.
Por el contrario, una persona con la estima sana sabe estar en el lugar correcto, a la hora correcta, con la gente correcta. La gente sana tiene y genera actitudes que hacen que las cosas buenas le sucedan. No es que tenga buena suerte y los otros no, la gente sana sabe que en cualquier lugar y en cualquier momento hay oportunidades para su vida. Espera grandes cosas del futuro, se prepara y mejora día a día sus habilidades. Sabe que una estima sana, junto con el potencial que lleva adentro, la llevarán al éxito. Una persona que se valora tiene fe en sí misma y se deja entrenar por los que más saben, porque reconocen que lo están haciendo por su presente y por su mañana.
Las personas con baja estima, a veces, son transmisores de su propio rechazo, van por la vida diciendo: “¿Cómo no reconocieron lo que hiciste?”, “¿cómo, con todo lo que trabajaste, nadie te felicitó?”.
Ahora bien, ¿por qué existen personas que parece que sólo tienen como único objetivo en la vida lastimar nuestra estima?, gente cuyo fin es descalificarnos cada vez que pueden hacerlo, ¿cuál es el objetivo de ese comportamiento? Simplemente para que no puedas brillar.
Por eso es que necesitamos reparar nuestra estima. ¿De qué manera podemos mejorarla y sentirnos mejor con nosotros mismos? Teniendo presente y accionando según cómo me veo y me siento con mi imagen, valorándome y evaluando cuáles son las cosas que puedo hacer y cuáles no, qué debo aprender y qué corregir.
columna de Bernardo Stamateas. Licenciado en Psicología, sexólogo clínico
Cómo funciona el cerebro de los adictos a las redes sociales
Hace apenas dos años, el informe Futuro Digital Argentina reveló que nuestro país era el tercero en el mundo cuyos habitantes pasaban más tiempo en las redes sociales: en promedio le dedicamos 9,1 horas al mes.
Está claro que el impacto que plataformas como Twitter, Instagram o Facebook tienen en nuestras vidas va en constante aumento y en muchos casos repercute de manera tan marcada en nuestro comportamiento y en la forma de relacionarnos, que lleva a los expertos a hablar de “adicción”.
Pero ¿cómo se explica esa especie de compulsión irrefrenable a entrar todo el tiempo a las redes a ver qué pasa?
Un estudio realizado por especialistas en neurociencia de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) permite ensayar una posible respuesta.
En momentos de descanso, el cerebro humano se encuentra predispuesto al intercambio social.
Según describieron los investigadores, en los momentos de descanso el cerebro humano se encuentra predispuesto “naturalmente” al intercambio social.
Por eso, se cree que cada vez que nos enfrentamos a una situación de ocio, opera una fuerza inconsciente que alienta el uso de las redes sociales, donde se supone que hoy acontece un significativo porcentaje de nuestra vida social.
“El cerebro cuenta con un sistema que pareciera predisponernos a sociabilizar en nuestros ratos libres”, señaló Matthew Lieberman, profesor de psicología y psiquiatría de la UCLA y autor de la investigación.
Los especialistas consideran que estar presentes en las redes permite sustituir o saciar esa necesidad de sociabilización, de estar en interacción con otros, más allá de la virtualidad del vínculo, algo que no fue puesto a prueba en la investigación.
En Facebok, por ejemplo, podemos “saber” qué sucede en la vida de nuestros afectos o podemos ser partícipes de un momento importante, incluso a la distancia, con un simple “me gusta”.
Para llegar a estas conclusiones, se trabajó con 21 voluntarios que fueron expuestos a 40 estímulos visuales, entre ellos imágenes de personas en determinados contextos sociales. Mientras tanto, con la ayuda de un aparato de resonancia magnética se realizó un seguimiento de su actividad cerebral.
Durante el monitoreo se encontró que ver estas imágenes activó las mismas zonas del cerebro que se activaban durante el descanso, que es cuando buscamos el contacto con otros.
En cambio, en los participantes que estuvieron expuestos a otro tipo de actividades cognitivas más complejas, no se vislumbró esa misma coincidencia.
Más allá de esta explicación, aún resta ahondar por qué prolifera esta forma de interrelación a distancia por sobre el encuentro real y cara a cara con los otros.
Los efectos secundarios de estar en red
Según explicó el especialista en neurociencias Federico Fros Campel, las redes sociales “prometen” que nos van a escuchar y que nunca vamos a estar solos. Eso sobreestimula cada vez más el creciente temor a la soledad.
Además, estas plataformas nacen como un intento de apelar a la aprobación, y se termina desvirtuando esa intención al activar mucho más la comparación. Está demostrado que cuanto más se usan las redes, más infeliz se es, porque la comparación es fuente de frustración.