Lideró en el Senado el apoyo del peronismo a la ley de pago a los holdouts. Y profundizó su alejamiento del kirchnerismo. Para Cristina, dijo, “fin del ciclo”.
¿Cómo impacta la situación de Brasil?
-Si se cae Dilma puede haber una crisis económica. Brasil este año va a estar con una tasa de caída de 4 puntos y medio y puede llegar a 5. Para Argentina es una catástrofe. No existe la industria automotriz sin Brasil y la integración se cae a pedazos.
-¿Y en Río Negro?
-La situación de Brasil es muy sensible para la economía privada valletana. Por un lado, el 30% de las exportaciones de fruta de pera y manzana tiene destino Brasil. Y por el otro, afecta al turismo brasileño en Bariloche.
Si se hubiera empeñado, el gobierno anterior podría haber resuelto el tema holdouts. ¿Por qué no lo hicimos? Hay que preguntar al exministro de Economía
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–¿Habló con la expresidenta antes de la sesión en el Senado?
–Desde el mes de diciembre que no hablo con ella.
–Usted tenía un canal directo…
–Sí. Concluyó cuando terminó el gobierno el 10 de diciembre y la presidenta nos despidió en Olivos. Nos planteó que venía otra etapa. Hay una etapa nueva en el justicialismo, de saber ser oposición democrática, una tarea que al peronismo siempre le ha costado mucho. El peronismo en el Senado y en Diputados ha actuado con responsabilidad.
–¿Lo dice por la sanción de la ley de pago a los holdouts?
–Había un juicio perdido y una sentencia que ya tenía intereses punitorios y que además –y esto era lo más peligroso– impedía que el 93% reestructurado de la deuda cobrara hace un año y diez meses.
–¿Cómo valora hoy la estrategia del gobierno anterior?
–Los dos canjes fueron exitosos y la aplicación de la ley Cerrojo fue una buena herramienta para obligar a los acreedores a arreglar. Fue justificable hasta el 31 de diciembre del 2014 que el gobierno no arreglara con el 7% no reestructurado, porque con la cláusula Ruffo había riesgo de viralizar al 93% restante. Nosotros podríamos haber resuelto el problema en la ventana que se abre del 1º de enero del 2015 hasta abril. Hubo cuatro meses que el gobierno, si se hubiera empeñado, podría haberlo hecho. ¿Por qué no lo hicimos? Habría que preguntarle al ministro de Economía anterior.
–Pasando a la votación, dentro del FpV hubo 26 votos a favor, 16 en contra. ¿Hay un quiebre en el bloque?
–De esos 16 votos, algunos no tuvieron que ver con encuadramientos políticos, que ejercieron la libertad individual y votaron según sus convicciones. Otros lo hicieron encuadrados más en una estructura que fijó un criterio en Diputados: vayan y negocien mejor. Pero tampoco fue una postura tan cerrada la de los sectores más ligados con La Cámpora.
–No parecían tan moderados. Se habló de “entrega”…
–Bueno, en este tema no hubo unidad y por eso existió libertad para votar. Hay que aprender a procesar las diferencias. Es lo que dije y los medios tomaron de manera parcializada. Hablé de que cuando uno es oficialismo tiene deberes para con su gobierno, puede discutir hacia adentro pero después tiene que responder como oficialista. En la oposición el ejercicio de la libertad de pensamiento es más amplio: uno no tiene los deberes del gobierno.
Nosotros no concebiríamos nunca desde el oficialismo una crítica al presidente como se está dando ahora en la realidad de Cambiemos
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–La frase impactó: “Recuperé la capacidad de pensar”. ¿En qué leyes sintió que no pudo pensar libremente?
–Hubo temas que por disciplina partidaria había que votarlos. La reforma del Código Civil, el impuesto a los automotores, que duplicó el valor de los autos y afectó mucho la industria automotriz…
–¿El pacto con Irán? ¿La reforma de la Justicia?
–En el primero creo en un principio de buena fe. Fue un intento de destrabar y de obtener información, y de tratar de que esa gente declarara. Sobre la Justicia, siempre pensé que iba a terminar mal. Tampoco era malo el espíritu de la reforma, tenía el objetivo de democratizar las estructuras judiciales que suelen ser de tendencia corporativa. Bueno, el debate en el marco de la sociedad lo perdimos. A pesar de que la ley salió.
–¿Ser oficialismo en el Congreso implica defenderlo todo?
–El peronismo históricamente tiene esa característica de un liderazgo fuerte en el esquema presidencial y un encuadramiento político que permite sostener las políticas. Nosotros no concebiríamos nunca desde el oficialismo una crítica al presidente como se está dando ahora en la realidad de Cambiemos. Yo lo considero negativo para el gobierno.
–Usted valora que el peronismo no funcione así…
–Claro, el peronismo en el poder es orgánico y es conveniente que lo sea. Supone una solidez del PE hacia el Congreso. No es concebible la crítica desde adentro de manera pública, porque eso debilita al poder, al gobierno, al presidente. En eso nos diferenciamos claramente.
–¿Cómo evalúa las últimas medidas del gobierno?
–Me parece que algunas cuestiones carecen de timing. No se puede aumentar de manera muy fuerte a los sectores populares, cuando todavía no hay paritarias, aumento de salarios. Es un error. Podrían haber sido más graduales. Y en Ganancias, si bien es un rumbo correcto, no alcanza para satisfacer las expectativas.
–¿Cómo caracterizaría esta nueva etapa del peronismo?
–Hay un proceso con centralidad en los gobernadores. Es una transición; el peronismo va a tener un liderazgo nuevo a partir de la convalidación electoral del 2017. Hay sectores más duros, pero que no pueden ser el centro. El centro es el partido.
–¿Y cuál es el rol de la expresidenta en este proceso?
–Los presidentes, cuando terminan su ciclo, deberían ser consejeros. No comparto la cultura argentina de la destrucción del presidente que se fue, de meterlo preso. También es cierto que el expresidente debería ser expresidente y dejar de lado la política activa. Es un fin del ciclo.