Llegó hasta la esquina de Yrigoyen y Juan B. Justo y se quedó mirando el parpadeo amarillo e interminable del semáforo. Todavía estaba aturdido por lo escuchado minutos atrás. La comunicación fue corta, suficiente para angustiarlo. Percibió lo mismo del otro lado de la línea.
La novedad no estaba en los planes de ninguno de los dos. Cada uno tenía su propio plan para los próximos años. Y ahora, lo evitable pero no evitado, trastocaba el camino que se propuso.
Encendió un cigarrillo, más por costumbre que por placer o necesidad. Aspiró profundo y comenzó a caminar hacia el centro de la plaza. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué hacer. No podía pensar con claridad. La luna sometía a las sombras de la noche mientras el pueblo dormía.
Llego hasta el centro de la plaza. El busto de San Martín, testigo imperturbable de sus turbulentos pensamientos. Observó el escenario. Múltiples bifurcaciones se abrían a sus pies, opuestas, extremas. Como le estaba ocurriendo en la vida.
La decisión, cualquiera sea, traería consecuencias para él y para terceros. Tiró el cigarrillo y metió las manos en el bolsillo. Sintió en sus dedos la frialdad del metal circular. ¿Y por qué no? Nadie sabría nunca como lo decidió. Tomó la moneda de dos pesos y la frotó lentamente.
A pesar de las circunstancias tuvo una extraña reflexión. Si se conoce el estado inicial, la fuerza que se imprima al lanzamiento, la velocidad del objeto y el ángulo de giro, sumado a las condiciones atmosféricas, ese intrincado polinomio determinaría de qué lado cae una moneda. Y ya no sería azar.
Alejó esa teoría de su mente. En su estado, era imposible dominar apenas una de aquellas variables. Entonces dejó que el azar determinara lo que sucedería con su vida. Por mantener la cobardía de los indecisos, que dejan lo importante en manos ajenas.
No!!! Será su propia mano la que arroje la moneda y se someterá a su albedrío. Miró a su alrededor y no demoró más la determinante acción. Antes dispuso mentalmente el significado de cada una de las dos posiciones.
La moneda surcó el aire en incontables volteretas y calló su mano. La cubrió rápidamente con la otra mano y suspiró.
Descorrió el velo y sus ojos indagaron el resultado. Y así, su destino quedó sellado.
Cristo Céspedes