

“Para liquidar a los pueblos se empieza por privarlos de la memoria. Destruyen tus libros, tu cultura, tu historia. Alguien más escribe otros libros, les da otra cultura, inventa otra historia; después de eso, la gente comienza a olvidar lentamente lo que son y lo que fueron.
Y el mundo que te rodea se olvida aún más rápido”.Milán KunderaRegantes de cien años, MemoriaA fines del siglo XIX, la “Expedición al desierto” comandada por el Gral. Roca había concluido, allí fueron expulsados, violentados, asesinados integrantes de diversas comunidades de pueblos que habitaban esta región norte de Patagonia.
No era un desierto, era y es la región geográfica del espinal pampeano y en el límite sur, la estepa patagónica, con su diversidad de flora y fauna; además de los pueblos ya mencionados con hábitos y costumbres milenarias.
Otros historiadores y exploradores denominaron a esta región el “Entre Ríos del Sur”, dada la escasa distancia entre el río Negro y el río Colorado, otros también la denominaron “Huecuvú Mapú” (País del Diablo).
Precisamente el mismo Julio Roca volvió a pasar por esta zona, no montando un caballo, sino sentado en un sillón cómodo y lujoso, instalado en el vagón presidencial del Ferrocarril del Sud, que inauguraba el tramo Bahía Blanca–Neuquén.
Junto al ferrocarril hace su ingreso a estas vastas regiones, el sistema capitalista industrial con sus empresas, negocios, leyes e innumerables personas venidas de otras regiones del mundo con sus tradiciones a cuestas.
Y aquí se encontraron ingleses, italianos, españoles, rusos, por citar algunas naciones, con los habitantes ancestrales Tehuelches, Araucanos, Pampas, Puelches, Ranqueles, Mapuches entre otras comunidades.
Alrededor de cada estación del ferrocarril crecieron caseríos, pueblos, ciudades y diversidad de industrias y producciones.
En esta reseña abordaremos la producción cuya materia prima es la tierra y el agua. En la transición del Siglo XIX al XX el ferrocarril estaba en pleno auge.
Los hermanos Jorge y Eugenio Burnichón, tenedores de varios lotes de tierra alrededor de la estación Río Colorado, (que por ese tiempo rondaba entre 600 y 700 habitantes) proponen la iniciativa de mejorar las tierras a través sistemas de regadío. Rescatamos lo escrito por Jorge Balbuena en su libro “Junto al Colorado”: “…
Burnichón convoca a varios vecinos entre ellos a Lorenzo Juliá y al ingeniero Juan Echarren, quienes conforman una sociedad: “Empresa constructora Juliá y Echarren”, paralelamente Burnichón y otros vecinos conforman otra agrupación: “Sociedad anónima de Irrigación”, esta sociedad conviene con la empresa constructora el pago de las obras de riego, con parte de las tierras a regar, Al culminar dichas obras Juliá y Echarren reciben 1.700 has. a las que agregan 1.500 has. adquiridas por iniciativa propia.
Esas hectáreas son subdivididas creando así un sistema de tierras con riego, conformando una colonia que hoy lleva sus nombres.
Por resolución del Estado Nacional se autoriza la creación de la empresa Sociedad Anónima Privada Colonia Juliá y Echarren”, esto sucede en el mes de julio de 1920. Estas fechas las debemos tomar como hito fundacional. El inicio de la construcción de los primeros canales y las obras de regadío complementarias concluyen luego de tres años, aproximadamente.
En ese tiempo también estaba en pleno desarrollo el establecimiento de la Familia Duhau, sobre la estación de ferrocarril Eugenio del Busto (hoy ruinas), ubicada a escasos 25 km de la estación Río Colorado hacia el oeste, posteriormente ese lugar se lo conoció como “Viñedos Lutecia” o “Viñedos Anchorena” o simplemente “El Viñedo”, un empresa privada que poseía su propio sistema de riego, producción y comercialización.
Reflexionando sobre las fechas indicadas, en este tiempo deberíamos estar conmemorando el centenario de esas obras fundamentales para el posterior desarrollo de la región.
Recordar esas vidas que con las herramientas de ese tiempo construyeron la bocatoma sobre el río Colorado y una red de canales y acequias, posibilitando que cada parcela tenga su riego correspondiente.
Poco o casi nada se hace referencia a esa historia, la indiferencia es el denominador común. En las escuelas, en todos los niveles, debería abordarse ese acontecimiento con las diversas áreas del conocimiento y aprendizaje (Lengua, Matemática, Sociales, Expresivas, etc.) durante todo el año y desde la perspectiva actual de este Siglo XXI tecnológico, virtual y veloz.
Y es en la escuela, porque esa institución la que debe rescatar y dar a conocer esas historias que luego se comparten en el hogar y se enriquecen. Rescatemos del olvido el lado mágico de esas vidas, de lo contrario estamos reafirmando lo señalado por Milán Kundera.
Prof. José Luis Trejo
