
(NOTI-RIO) La sequía está golpeando severamente a Río Negro, y Río Colorado no es la excepción. Altas temperaturas, vientos persistentes y lluvias escasas configuran un escenario preocupante para los productores agropecuarios. En este contexto, tanto la ganadería ovina como la bovina están viendo mermadas sus posibilidades de producción, con consecuencias económicas y sociales que ya se sienten en toda la región.
El impacto local en Río Colorado
En el triángulo productivo que conforman Río Colorado, Choele Choel y Viedma, la situación es diversa pero crítica en amplias áreas. Mientras en algunos sectores los pastizales muestran cierta resistencia, en otros el deterioro es evidente, obligando a los productores a desprenderse de sus vacas y a realizar destetes precoces.
Roberto Gutiérrez, presidente de la Sociedad Rural de Conesa y asesor en proyectos productivos, destacó que la venta de vacas en 2024 fue un 43,4% superior a la registrada en 2023, un indicador claro del alivio que buscan los productores para sus campos. En la región de Río Colorado, los registros de lluvias marcaron 220 milímetros en 2024, lejos del promedio histórico de 350 milímetros.
“Los pastizales en algunas zonas están mejor, pero la carga ganadera se ha reducido notablemente. Muchos productores están optando por retener terneras para renovar los vientres vendidos, mientras otros dependen de la exportación de ‘vaca china’, que ofrece un mejor precio al no estar sujeta a retenciones”, comentó Gutiérrez.
Una producción ganadera en jaque
La falta de agua está afectando la producción primaria de carne y lana. Productores de distintas zonas, como Héctor Zamboraín, de la Sociedad Rural de Maquinchao, y Oscar Díaz, de Jacobacci, advierten sobre una disminución drástica en los índices de parición y el número de corderos disponibles.
En Jacobacci, las precipitaciones anuales cayeron por debajo de los 70 milímetros, menos de la mitad de la media histórica, lo que dejó a los campos sin posibilidad de sostener la producción de corderos, una fuente clave de ingresos. Zamboraín afirmó que “en un radio de 150 kilómetros, no quedó ni un cordero”.
En el caso de los ovinos, los precios de la lana también sufrieron una caída, con valores entre 30 y 40 centavos por kilo menos que la campaña anterior. Este descenso, sumado a los altos costos operativos, está llevando a muchos productores a buscar empleos complementarios en los pueblos cercanos.
Los productores de la región han aprendido de crisis anteriores, como las sequías de 2008 y 2010. Actualmente, las estrategias incluyen la venta de vacas, el destete precoz y la implementación de silos de autoconsumo para aliviar la presión sobre los pastizales. Sin embargo, estos esfuerzos no han sido suficientes para mitigar el impacto de una sequía que se ha convertido en una constante.
“Estamos jugados a las lluvias de febrero”, expresó Gutiérrez, reflejando la esperanza de que el inicio del otoño traiga algo de alivio. Sin embargo, los datos históricos recopilados por Díaz muestran un cambio preocupante en el régimen de precipitaciones, con décadas que pasaron de promedios de 180 milímetros a 160 milímetros anuales, y una tendencia a la baja que agrava las sequías.
El aumento de los costos operativos también genera preocupación. Según Zamboraín, “un encargado de campo pasó de ganar 600 dólares mensuales a 1.500, pero esas cifras no se reflejan en jubilaciones dignas, que rondan los 300 dólares”.
En Río Colorado y sus alrededores, la sequía no solo afecta a los campos, sino también a la economía local, generando incertidumbre entre los productores y la población. Mientras tanto, el foco está puesto en las lluvias de los próximos meses, que serán determinantes para definir el futuro de la región.
Con menos animales disponibles y una retención lógica de vientres, se anticipa una menor oferta de carne y lana en 2025. Además, las fluctuaciones del mercado, las retenciones nacionales y los desafíos climáticos imponen nuevas dificultades a los productores.
