
(NOTI-RIO) Hay fechas que no solo marcan un calendario, sino que cortan la historia de un pueblo en un “antes” y un “después”. Para Río Colorado, ese tajo profundo ocurrió el 12 de marzo de 1989.
Aquel domingo, el aire de la tarde no trajo el descanso habitual, sino el inicio de una pesadilla que, tres décadas y media después, sigue sin despertar a la justicia.
El caso de Sergio Sorbellini (19) y Raquel Lagunas (17) es mucho más que un “crimen de pueblo”.
Es el espejo donde se refleja la cara más oscura de las instituciones. Dos adolescentes, una bicicleta tándem y una tarea tan cotidiana como buscar pasto para sus conejos terminaron en un campo de exterminio a solo dos kilómetros del centro.
Los mataron porque, en su inocencia, tropezaron con la oscuridad. “Vieron algo”, dice la sabiduría popular; una frase que, de tanto repetirse, se convirtió en la lápida de la verdad.
Lo que siguió al hallazgo de los cuerpos aquel lunes al mediodía no fue una investigación, sino un manual de cómo garantizar la impunidad. A lo largo de estos 37 años, hemos asistido a un desfile obsceno de irregularidades:
- Policías procesados que debían cuidar y terminaron sospechados.
- Jueces destituidos que no supieron o no quisieron ver.
- Testigos “suicidados” que se llevaron el secreto a la tumba.
- Promesas políticas que se evaporaron en cada campaña electoral.
Hoy, la causa está técnicamente prescrita. Para los libros de la ley, el doble crimen de Sergio y Raquel ya no existe.
Pero para la memoria social, el expediente sigue abierto y sangrando. La justicia que llega tarde no es justicia, pero la que no llega nunca se convierte en un insulto a la ciudadanía.
En el centro de este vacío queda una figura que agiganta su estatura con el paso del tiempo: Irma Girolami. Es la última madre en pie, la guardiana de una llama que el sistema intentó apagar con burocracia y olvido.
Su lucha solitaria no es solo por su hijo Sergio y por Raquel; es una lucha por todos nosotros. Irma nos recuerda que aceptar el silencio es volver a disparar esas balas calibre .22.
Río Colorado es hoy una comunidad que se niega a bajar la guardia. El cuatrerismo o los negocios espurios de aquella zona rural de finales de los 80 pueden haber cambiado de nombre, pero la estructura de silencio que protegió a los asesinos parece haber dejado raíces profundas.
Un reclamo que no prescribe
Desde estas líneas, reafirmamos que la memoria no conoce de plazos legales. La prescripción de la causa es un alivio para los culpables, pero una condena para la sociedad que debe convivir con los asesinos camuflados entre la gente.
No permitamos que el tiempo sea el cómplice final. Recordar a Sergio y Raquel es exigir que, aunque los tribunales hayan cerrado sus puertas, la verdad siga siendo buscada.
Por Irma, por las familias que ya no están y por el derecho de un pueblo a vivir sin el peso de la impunidad sobre sus hombros.
37 años después, el grito sigue siendo el mismo: Justicia por Sergio y Raquel. Prohibido olvidar.
