Pies descalzos, corazones llenos: El voluntariado que marcó a Gabriela Vissani

(NOTI-RIO) Enero de 2025 quedó grabado en la memoria de Gabriela Vissani como un antes y un después. Esta mujer oriunda de La Adela, sintió el llamado de la solidaridad y decidió emprender un viaje que cambiaría su manera de ver el mundo. Se sumó como voluntaria a la Asociación Civil Pata Pila, una organización sin fines de lucro que trabaja desde 2015 para erradicar la desnutrición infantil y mejorar la calidad de vida de las comunidades más postergadas del norte argentino. Su destino: Yacuy, un pequeño poblado en la provincia de Salta, donde cientos de niños esperan cada año la llegada de estos voluntarios que traen esperanza y alegría.

El llamado de la solidaridad

El proceso comenzó mucho antes de partir. Gabriela, junto con un grupo de 22 voluntarias de diferentes provincias argentinas, se preparó con esmero para el desafío. Bajo la coordinación de Cecilia Da Nunzio, comenzaron a diseñar talleres que podrían aportar al desarrollo integral de la comunidad. “Nosotras antes de ir, ya cuando nos confirmaron en el grupo, comenzamos a organizar los talleres. Llevamos actividades de Educación Sexual Integral (ESI), panificación, huerta, y también un taller emocional. Como soy técnica en arteterapia, quería enfocarme en trabajar con las mujeres”, relató Gabriela a NOTI-RIO.com.ar

Pero su rol se amplió. Su pasión por la fotografía y la comunicación, ademas de su pasado en el area de accion social en la comuna pamapeana, la llevó a sumarse al equipo de medios de la ONG. “Me sumaron al equipo de comunicaciones y documenté con fotos y videos la semana en Yacuy”, agrega con entusiasmo.

Un día en Yacuy: realidades que marcan

Desde el amanecer hasta el anochecer, la rutina de los voluntarios estaba marcada por la intensidad. A la mañana, recorrían casa por casa invitando a las familias a participar de las actividades programadas en la plaza central del pueblo. “Nos recibían con una calidez indescriptible. A Diego Bustamante, el fundador de Pata Pila, lo adoran. Ha hecho mucho por la comunidad y sigue trabajando incansablemente por los niños”, cuenta Gabriela.

La comunidad de Yacuy, que alberga entre 5.000 y 6.000 habitantes, está conformada mayoritariamente por pueblos originarios. Las carencias son palpables, pero también lo es la fortaleza de sus habitantes. “Entramos a sus casas, a sus vidas. Nos cuentan lo que les pasa, sus necesidades, sus sueños. Es un impacto fuerte, porque uno no va a resolver su realidad, pero sí a acompañar, a escuchar, a compartir alegrías”, reflexiona Gabriela con NOTI-RIO.

A las cinco de la tarde, la plaza se convertía en un punto de encuentro vibrante. “Podías ver a los niños correr desde lejos. Ya sabían que veníamos y la emoción era mutua”, recuerda. Durante esas tardes, los juegos se convertían en una vía de escape y de aprendizaje. Se organizaban actividades de pintura, fabricación de pulseras, fútbol, vóley y juegos clásicos como la mancha y la escondida. Cada jornada cerraba con una canción cargada de simbolismo. “El cierre del día era muy emotivo, porque todos juntos cantábamos una canción que dice ‘La Pampa tiene el ombú’, y sentía que había un puente entre mis raíces y ellos”.

Una realidad que interpela

Pero no todo era alegría. La crudeza de las condiciones de vida en Yacuy golpeaba con fuerza. “Es difícil poner en palabras lo que se siente. Es un lugar donde falta todo, pero donde al mismo tiempo yo fui tan feliz. Es una paradoja”, confiesa a este medio Gabriela.

El calor extremo, las dificultades para acceder a servicios básicos y la falta de oportunidades marcan la vida de estas familias. “Mi país es muy desigual. Yacuy es una prueba de ello”, reflexiona. No obstante, también destaca la fortaleza y la generosidad de la gente. “Nos enseñaron a hacer humitas dulces y saladas, nos abrieron sus casas y sus corazones. Fue un intercambio humano de un valor incalculable”.

El impacto de Pata Pila y el rol del voluntariado

La labor de Pata Pila es inmensa. La ONG trabaja en más de 76 comunidades del norte argentino, atendiendo a 1.348 niños y 1.098 madres, y recorriendo más de 1.400.000 kilómetros en su misión de erradicar la desnutrición infantil. Además de brindar asistencia alimentaria, impulsa proyectos de educación y emprendimientos locales para fortalecer la economía comunitaria.

Para Gabriela, ser voluntaria fue un despertar. “Dejar la comodidad cotidiana, dejar de ser mera espectadora, dejar la queja… Fue una semana transformadora. Me emociona recordarlo. Es difícil transmitir con palabras lo que se siente”, expresa con la voz entrecortada.

Hoy, de vuelta en La Pampa, su compromiso sigue intacto. “Invito a todos a conocer la labor de Pata Pila, a colaborar de la manera que puedan. Cada pequeño gesto cuenta”, dice con convicción.

El voluntariado en Yacuy es mucho más que una experiencia puntual. Para Gabriela Vissani, fue una lección de vida. Una prueba de que el amor y la entrega pueden marcar una diferencia, aunque sea pequeña. Porque, como dice la frase que guía el trabajo de Pata Pila: A veces sentimos que lo que hacemos es una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”.

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