Uno de los mitos de la historia argentina puso en duda la masculinidad de Manuel Belgrano. Tal vez, sus modos delicados y su voz aflautada contribuyeron a la construcción de esta idea. Pero para ser fieles a la verdad, hubo en la vida de Belgrano muchas mujeres, tanto en España durante su juventud como en el Río de la Plata, y a pesar de estar ocupado en actividades periodísticas, políticas y militares, no dejó de destinar tiempo a cultivar relaciones amorosas.
En aquella época, las tertulias eran espacios apropiados para mostrar en sociedad las cualidades de las jóvenes casamenteras y para arreglar su matrimonio. El matrimonio de las hijas de las familias de la elite era una cuestión de importancia, ya que de esa manera, se controlaban los destinos de la descendencia. Por eso, en los arreglos matrimoniales el amor era lo de menos. Sólo en algunos casos, se iniciaba una relación amorosa, tal es la historia de Manuel y María Josefa.
En una de las tertulias que frecuentaba, conoció a María Josefa Ezcurra, que había contraído matrimonio con Juan Esteban Ezcurra, un primo que llegado de Navarra, había logrado hacer fortuna rápidamente pero que, disconforme con los ideales de la Revolución de Mayo, regresó a la península ibérica y dirigió sus negocios desde allí, abandonando en Buenos Aires a María Josefa con quien había estado casado durante 9 años gozando ésta, a partir de allí, de las libertades de una viuda sin hijos de los que hacerse cargo.
Luego de la creación de las baterías sobre el río Paraná para impedir el avance de los realistas y de enarbolar por primera vez la bandera de la patria, Manuel regresó a Buenos Aires. Se encontraron nuevamente y se enamoraron, él tenía algo más de cuarenta años y ella veintisiete.
Cuando le ordenaron a Manuel partir hacia el norte para comandar el ejército patriota, el amor hizo que María Josefa lo siguiera por Salta, Tucumán y Jujuy sin temer a los peligros a los que se enfrentaba. Solo a una cosa le temía: a la opinión de los miembros de la sociedad cuando conocieran que ella no respetaba las rigurosas normas éticas de la época ya que, sin estar casada con Manuel estaba esperando un hijo de él.
Avanzado el embarazo, ella no podía continuar viajando con el ejército, decidieron entonces que el niño naciera en Santa Fe, en la estancia de unos amigos. El 30 de julio de 1813 nació un varón. Sin apellido, fue bautizado en la catedral de Santa Fe. El nacimiento se mantuvo en absoluto secreto.
Los padres no reconocieron al niño, que fue entregado a una de las hermanas de María Josefa, Encarnación, casada con Juan Manuel de Rosas quienes adoptaron al niño dándole el nombre de Pedro Pablo Rosas y Belgrano.
Un año antes del nacimiento de Pedro, Manuel había conocido a María Dolores Helguero de quien habría quedado prendado por la hermosura de la joven en el primer encuentro y le habría prometido matrimonio.
Debido a los trajines de la guerra, debieron distanciarse pero cuando se reencontraron, vivieron un intenso romance, fruto del cual Dolores quedó embarazada. Pero Manuel marchó a cumplir con sus obligaciones militares y los padres de Dolores la obligaron a casarse con otro hombre, el cual la abandonó cuando nació la hija de Manuel.
El 4 de mayo de 1819 nació Manuela Mónica del Corazón de Jesús, quizás para recordar ese amor intenso que existió alguna vez, recordemos que Belgrano se llamaba Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús. Habiendo solicitado licencia para atender sus afecciones, viajó a Tucumán para conocer a su hija, pero no pudo disfrutarla por muchos tiempo.
Alejado de sus amores y vencido por la enfermedad, murió en Buenos Aires a los pocos meses.
A veces, era preferible la infelicidad a soportar el reproche social por no haber respetado las normas establecidas. Una mujer casada debía respetar a su marido aunque –como en los casos de María Josefa y de María Dolores- su esposo no conviviera con ella, la hubiera abandonado y no hubiera regresado nunca. No podía volver a casarse a menos que enviudara. Belgrano sabía que el esposo de Dolores se había trasladado al Alto Perú y recurría a informantes para conocer si aún vivía, porque de lo contrario, podría contraer nupcias con su amada.
De Pedro Pablo se sabe que Belgrano había solicitado a Encarnación Ezcurra y a Juan Manuel de Rosas que cuando fuera mayor de edad le informaran que él era su verdadero padre, lo que fue cumplido. Pedro se instaló en Azul, donde Rosas le había obsequiado enormes extensiones de tierra dedicándose a la explotación ganadera. Fue Juez de Paz y se casó en 1851 Con Juana Rodríguez con la que tuvo 16 hijos. Nunca conoció a su padre.
Manuela Mónica sí tuvo esa oportunidad. Vivió con su madre hasta 1825, y luego se trasladó a Buenos Aires para cuidar a sus tíos Juana y Domingo Belgrano, quienes más tarde se trasladaron a Azul. Vaya coincidencia! Allí conoció a su hermano Pedro y cultivaron una profunda relación, además se presume que fue su hermano quien le presentara a su futuro esposo, Manuel Vega Belgrano, un pariente político con quien se casó en 1852 y tuvo tres hijos.
Manuel Belgrano sabía que su hijo no necesitaría su protección económica, por eso, lo poco con lo que contaba trató de dejarlo para su hija. En un escrito Belgrano solicita a su hermano, el sacerdote Domingo Estanislao “que, pagadas todas sus deudas, aplicase todo el remanente de sus bienes a favor de una hija natural llamada Manuela Mónica, de edad de poco más de un año, que había dejado en Tucumán”.