Río Colorado: La historia de Alina productora de la Colonia

Compartimos este relato maravilloso, sobre la historia de Alina, hermosa mujer, productora de la Colonia. Cada tanto nos acompañaba en las reuniones de INTA.

Ojalá pueda encontrar a su familia, un abrazo Alina!!

-Hablemos ahora.
Eso me dice Alina en el pasillo antes de llevarme a su camarote –el número 5– que comparte con su hija Graciela.
Alina Szewczuk es ucraniana. Tiene cara de huesos grandes, los ojos bien separados, con forma de almendra. Una almendra azul. Sobre el labio superior, las arrugas se abren largas y en abanico, como la cola de un pavo real. Desde hace unos días y con 85 años cumple su sueño: hacer el Transiberiano.
En el camarote de Alina hay dos asientos azules que a esta hora se volvieron cama, con sábanas blancas de algodón. Hay una mesa, un florero con una rosa amarilla de plástico, toallitas descartables, botellas de agua.
En la cama de la izquierda está Graciela, con short negro y una blusa cómoda. Las piernas desnudas, estiradas. Alina se sienta en la cama de enfrente y también estira sus piernas hinchadas hasta alcanzar el otro colchón.
Alina es mujer de ferroviario y recorrió el país en tren. No le preocupa ir al baño a la noche ni el movimiento, ni el tintineo de los platos ni el golpe seco del hierro contra el hierro.

-Entonces, decime, ¿qué querés saber?
-¿Por qué hace el Transiberiano?
-Porque quería conocer el lugar adonde la llevaron a Nina.

Nina es su prima querida. En 1945, durante el stalinismo se la llevaron de Ucrania sin explicación y nadie supo de ella hasta que llegó una carta con su firma que decía: “Estoy en la tierra del sol naciente”. En clave, quería decir que estaba en Siberia. Nina había sido condenada a pasar diez años de trabajo en un gulag. En su tierra dejó un hijo –el marido había muerto en la guerra– y a sus padres. En la cárcel se casó con un lituano y tuvo tres hijos más.
Alina no quiere llorar y Graciela no quiere que Alina llore. Se incorpora y sirve un vaso de agua mineral.
-Mamá, tomá la pastilla.
Mientras esperamos que Alina trague la pastilla, las tres miramos por la ventana. El paisaje se ve negro y hace calor. No entiendo cómo existe el verano en Siberia, debería ser un lugar de nieves eternas, donde se acumule toda la tristeza del mundo.
Alina lleva puesto un saco celeste de cuello en V con algunas piedritas de strass y una falda azul de gabardina. Tiene las pantuflas grises de toalla que dan al subir al tren. Alina vive en Río Colorado y su hija tiene un laboratorio de bioquímica al lado de la casa de la mamá.
-Para mí no existe el día de la madre. Todos los días son el día de la madre. Nosotras estamos siempre juntas.
Al cumplir diez años de condena, Nina pidió permiso para volver a Ucrania a ver a su hijo y a su padre (la madre había muerto de pena después de llorar dos años seguidos). En Siberia leyeron el pedido y en lugar de otorgárselo le extendieron la condena. Trece años después de haberse ido de su pueblo, consiguió el permiso y abrazó a su hijo. Más o menos en esa época le escribió a su prima Alina: “Tía, sabés lo que es volver a ver a un hijo que no tuvo la caricia de su madre durante tantos años.”
Alina se refriega la cara con las manos gruesas, manos de trabajar la tierra, y se detiene en el pelo rubio, corto, apenas ondulado. Dice que no quiere llorar y se seca las lágrimas.
-Necesito ver la tierra donde estuvo Nina. Desde que cayó la Unión Soviética quiero volver, pero no se daba. Una vez, en un cumpleaños, me contaron que había un tren que cruzaba Siberia. Y ahí le pedía a Graciela que reservara un pasaje.
Habla y busca en la cartera una pila de sobres viejos con tinta desteñida. Cinco sobres sin las cartas, se las olvidó todas salvo una, escrita en ucraniano.
-¿En qué año murió Nina?
-No, eso no lo sé. Hace como veinte años que no nos escribimos. No sé si murió.
Graciela hace la cuenta y dice que si estuviera viva, Nina tendría 96 años.
-Si sabe los nombres de sus hijos podríamos buscarlos.
-No los sé. Quizás en esta carta los dice, pero no veo bien para leer.
Se pone los anteojos y lo intenta, pero está cansada, tiene que dormir.
-Mañana seguimos.
Cierro la puerta del camarote de Alina y quiero que pase esta noche de tren y llegar a un wifi para buscar Formaniuk, el apellido de Nina, en el Facebook ruso. Antes de dormirme me las imagino a las dos abrazadas en un programa de Gente que busca Gente. Pero es pura imaginación: en Siberia las historias terminan mal.

Inta Aer Río Colorado

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