Las sospechas fueron creciendo día tras día. ¿Podría eso ser posible? Se lo preguntó una y mil veces y después de un tiempo fríamente calculó cada paso.
Debía confirmarlo de una manera inapelable.
Se valió de la tecnología y con paciencia oriental, fue colocando una a una las trampas para cazar la traición.
El tiempo pasaba sin novedades. Hasta llegó a pensar que estaba perseguido por una falsa sensación de debilidad. ¿Cómo llegué a pensar esto? ¿Qué estoy haciendo?
Decidido a desactivar todos los dispositivos, postergó la faena hasta el fin de semana.
Y fue en ese lapso, que lo imposible se materializó. Y quedó registrado. Las pruebas ya estaban en su poder.
Dominó la bronca del impacto inicial y bosquejó la venganza.
Debía desenmascarar la situación. Pero no de cualquier forma. Descartó la violencia y la brutalidad. Sería sutil y dolorosa.
Se ocupó de algunos trámites que le ofrecían un desquite complementario.
Mientras tanto planeaba el asalto final.
Lo saboreaba por anticipado, a pesar de lo que significa descubrir una felonía de aquellas. Frío y calculador, pensó cada detalle.
La puesta en escena fue teatral. La farsa necesitaba de una última mentira, para completar la impostura.
Todos los interesados debían estar presentes. Y así fue. Tras una charla superflua, se preparó para el final.
Como el director de su ópera prima, quería conmensurar la obra sin distracciones. Controló los nervios una vez más.
Le pidió al invitado un mísero favor. Que apriete la tecla “play”. Y el pandemónium se desató.