(NOTI-RIO)
La tibia noche del lunes 12 de noviembre comenzaba a ceder ante el sol, cuando Sonia decidió tomar la decisión que le salvaría la vida. Encerrada bajo llave, pero sin las ataduras que había tenido durante gran parte de los últimos meses, encaró una ventana de aquella habitación, que le sabía a infierno. Porque si hay un infierno en la tierra debería ser aquel lugar en la calle Grand Bourgh.
Jesús Olivera, de 28 años, y Estefanía Heit, de 29, estaban en la casa. Mientras Olivera dormía pesadamente en el living, Estefanía se estaba cambiando, maquillando, para irse a su trabajo.
La noche se había hecho larga, eterna.
Con sus últimas fuerzas, llorando, por el dolor y el miedo. Escuchando interiormente la voz de su hija, Sonia levantó con sus manos desnutridas, centímetro a centímetro, la persiana, que tenía la correa rota para que no se pudiese levantar fácilmente, que la separaba de la libertad. Miraba cada tanto a la puerta, atenta a cada ruido. Luego, pasó su escuálido cuerpo, de tan sólo 46 kilos, por el hueco. Nunca dejó de rezar, de pensar en su hija, de las ganas de dejar a atrás tanto espanto.
Cuando cayó al patio, con un jean mojado que rescató de la habitación -dado que estaba desnuda, tirada en un colchón orinado, mugriento-, afuera, el sol comenzaba a calentar la mañana de Coronel Suárez, en el sur de Buenos Aires. “Coronel Suárez mira su pueblo y la llanura ulterior, las estancias, los potreros, los rumbos que fatigan los reseros, el paciente planeta que perdura”, escribió Jorge Luis Borges en “Coronel Suárez”. Pero ese pueblo que mira, no pudo ver el horror, ni siquiera pudo sospecharlo. Nadie podía imaginar que, en esa casa de color pastel, Olivera y Heit desataran tanta locura.
Ese lunes no fue un día más: después de tres meses de sometimiento físico, donde sufrió todo tipo de aberraciones -hasta le aplicaban insecticida para frenar su pediculosis- donde fue tratada como si fuese un animal, Sonia alzó la vista al cielo y pudo oler la libertad.
Olivera y Heit, que le habían extraído hasta el último centavo y sojuzgado física y mentalmente hasta el límite de la cordura, nunca pensaron que Sonia podría escaparse. Habrán pensado esa noche, antes de dormir, que el poder del miedo, de la manipulación, podía más que las ansias de vivir, de escapar del horror.
Entre lágrimas y súplicas, Sonia atravesó el patio donde los perros no ladraron, cruzó dos patios más después. Hasta poder salir por el ventiluz de un portón. Y nunca más miró atrás. Enseguida la encontró el sereno de la obra de la Terminal de Ómnibus, a quien le pudo contar que estuvo secuestrada y que quería irse hasta Pueblo San José. Cuando el sereno le ofreció llamar a la Policía, Sonia Molina se mostró aterrada y le dijo que por favor no, que quería tomarse un remise e irse a San José, lo que finalmente sucedió. Al legar a la esquina de República de Chile y 17 de agosto, se encontraron con una remisera. Era Vanesa Burgardt, que trabaja en la empresa Tele Taxi.
Se fue hacia San José, una pequeña localidad de poco más de 2.000 habitantes, donde todos son descendientes de inmigrantes alemanes, a escasos 10 kilómetros de Coronel Suárez. Allí fue hasta la casa de la familia Herr, donde había trabajado cuidando a Santiago Herr y su mujer, dos octogenarios con problemas de salud.
No confiaba en la policía de Suárez, es que una de las hijas del comisario de esta ciudad era amiga de Estefanía Heit. Allí relató lo sucedido, fue a la policía y la llevaron al hospital municipal de Coronel Suárez, donde se recupera físicamente de su cuadro de desnutrición, deshidratación y de una incipiente infección urinaria. La recuperación física puede llevarle 15 días, han mencionado los médicos que la atienden. La mental, la psicológica, la memoria, en la que quedaron grabados para siempre los eternos días de horror, serán secuelas que difícilmente podrá reparar.
Sonia había crecido creyendo siempre en Dios. Había concurrido habitualmente con su familia a distintas iglesias evangélicas. Acompañaba con gusto a su madre a los oficios religiosos. Estudió, y tuvo al menos dos parejas, de la primera le quedó como fruto una hija, que ahora tiene 10 años. Tuvo distintos trabajos en Río Colorado.
Pero cuando apareció Olivera se sintió subyugada. Su presencia física, pero más aún las palabras que decía, sedujeron a todos: primero a la familia, pero luego y, sobre todo, a Sonia. Durante los próximos meses, Sonia, se vería sojuzgada por el falso pastor. “Tenés que derribar las fortalezas que te sembraron otros pastores”, le dijo a través de una comunicación, Jesús Olivera. “Dios te pondrá en alto”, le escribió. Mientras, en la misma conversación la impulsaba a vender todo lo que poseía. Pero además, la promesa de construir un lugar para ayudar a jóvenes en riesgos, bajo la fachada del Centro Cristiano “Amar es Combatir”, generaron un quiebre en la vida de Sonia.
Dejar de lado sus amigos, su familia, sus bienes, eran la posibilidad de acceder a la gloria divina. Olivera tiró abajo, como si se tratase de un castillo de naipes, todas las creencias de Sonia, para diseccionarlas y volverlas a armar a su antojo.
Sonia se fue apartando de todo su entorno, creía firmemente que las palabras de Olivera eran el camino. Él llegó a Río Colorado, donde Sonia vivía con su hija de 10 años. El hombre se presentó como un pastor con múltiples proyectos solidarios. Con ese discurso consiguió alojamiento en la casa de Silvia Molina, hermana de Sonia.
Días más tarde, el hombre se mudó a la casa de Sonia y allí se inició una extraña relación a base de mentiras y manipulación. Por el carisma del supuesto pastor, la mujer comenzó a alejarse de su familia e incluso su pequeña hija, según cuenta la familia, le escribía cartas a su madre para que se apartara de él.
A mediados de mayo, Jesús le prometió a Sonia que la ayudaría a cumplir su sueño de estudiar una carrera universitaria. “Mi esposa es abogada y te puede facilitar sus estudios en La Pampa”, le dijo. Entusiasmada, Sonia dejó Río Colorado y fue tras él. Su pequeña hija no la quiso acompañar y se quedó con su padre. “Para Sonia, ese hombre era Dios”, recuerda su madre, Mónica Santander.
Nunca llegaron a La Pampa. Durante los siguientes seis meses la mujer vivió en Coronel Suárez; los primeros tres meses trabajó como empleada doméstica en la casa donde pidió ayuda cuando se escapó. Durante ese período habló muy poco con su familia, hasta que en un momento las conversaciones cesaron. Sólo había mensajes de texto esporádicos. Más tarde, la familia se daría cuenta de que esos SMS eran enviados por Jesús desde el celular de Sonia. Ya estaba en cautiverio. Durante tres meses, la recompensa a su fe fueron: dolor, vejaciones, amenazas, violaciones. Hasta que pudo escapar. Hoy mientras se recupera, sus captores están detenidos.
Es una publicación de Editorial Rio Negro SA. Todos los derechos reservados Copyright 2008 Certifica Miembro de IAB