Walter Cazenave – Una simple mirada a las páginas de internet correspondientes a los comités de cuenca de los ríos Colorado y Negro resulta sorprendente. El primero de ellos, que transita nuevamente un año de sequía, registra bajos caudales, si bien es invierno, que es su época de bajante. Lo mismo ocurrió en los meses de calor cuando, aún en sus máximos escurrimientos, apenas superó los 200 metros cúbicos por segundo, una suma muy pobre si se considera que el promedio anual es del orden de los 140 metros cúbicos por segundo. La merma del Colorado se inscribe en el ciclo de sequía que sufren los ríos de los Andes Aridos, atribuido mayoritariamente a las oscilaciones del fenómeno conocido como El Niño, en el Océano Pacífico.
En forma opuesta, el río Negro escurre en estos días con caudales que superan su promedio actual y también el del pasado, cuando la cuenca no contaba con el sistema de diques que la regula en gran medida. Con los embalses ubicados sobre el Limay y el Neuquén colmados en buena parte de su capacidad, supera los 1.000 metros cúbicos por segundo; a fines del mes pasado esa cantidad alcanzó los 1.600 metros cúbicos por segundo, cifra que se estima como la máxima permitida en una operación normal del sistema. Hasta una semana atrás, transcurrido un mes, los caudales todavía estaban por encima de los 1.100 metros cúbicos por segundo. Esos valores fueron medidos en la localidad de Allen, al comienzo del alto valle del río y ya sin ninguna obra de embalse por delante; o sea que se trata de aguas que casi en su totalidad se pierden en el mar.
Mucha, mucha agua.
Mil cien metros cúbicos por segundo (despreciemos lo que excede para esta consideración somera) es mucha agua. En términos comparativos puede decirse que esa cantidad escurriendo durante un mes equivale a más de dos tercios de toda la capacidad del gran embalse de Casa de Piedra o que, duplicada, en ese par de meses excede largamente el derrame promedio del río Colorado en un año.
Cierto que se trata de una situación puntual, en buena medida producto de las lluvias del régimen invernal del océano Pacífico, a las que está sometida en parte la cuenca del Negro. Pero estas crecidas no son raras y pueden repetirse. Lo que es indudable es que esa enorme cantidad de agua se pierde irremediablemente en el mar, pudiendo tener mejor destino.
Ese mejor destino está previsto en el Tratado del río Colorado, un documento que, aunque tiene defectos, es perfectible y, sobre todo, establece un concepto que se centra y ajusta en circunstancias como la arriba mencionada: la complementariedad de cuencas. Además de sus distintos regímenes, el Colorado y el Negro tienen la virtud de la cercanía de sus cauces (escasos 40 kilómetros en la latitud de Choele Choel) y los caudales que le sobran a uno bien pueden beneficiar al otro, según lo entendieran los redactores del Tratado.
La frazada corta.
Que al río Colorado le falte agua para repartir entre las provincias que atraviesa es solamente cuestión de tiempo. El mismo Tratado que regula su uso prevé autorizar a la provincia de Mendoza a desviar de la cuenca del río Grande a la del Atuel casi una cuarta parte de su caudal. La razón es sencilla: los cuyanos tienen escasas tierras regables sobre el colector y muchas en el área del Atuel. De hecho Mendoza cuenta ya con la autorización para hacer esa obra, que anhela desde hace un siglo. No la concreta por las enormes dificultades técnicas -y consecuentemente económicas- que tiene ese trasvase, pero más tarde o más temprano las llevará a cabo.
Pero ese desvío, que legalmente corresponde a Mendoza, tiene también sus condicionamientos ya que, si se saca semejante cantidad de agua de la cuenca superior, se alterará la salinidad en la inferior, haciendo dificultosos o irrealizables los cultivos. Además la salinidad se incrementará, también, al recibir el río los efluentes de riego de La Pampa y Río Negro, cuando en algún futuro desarrollen lo que les corresponde del alto valle del río.
Como se advierte es una especie de frazada corta: si se tira de un lado se afecta al otro. Esa limitante quiso ser solucionada al aprobarse el Programa Unico que rige el uso del río, ya que una de las cláusulas claves del Tratado del río Colorado, el Artículo 3°, es taxativa al respecto: en virtud de la complementariedad de las cuencas, y si no hubiera acuerdo de cesión de caudales por parte de las demás provincias condóminas del río Negro, la provincia de Buenos Aires, que participa de ambas cuencas, cederá 50 metros cúbicos por segundo de la parte que le corresponde en el Negro para ser trasvasados al Colorado. Esa cesión asegura el desarrollo del valle inferior del Colorado, donde la provincia de Buenos Aires tiene 140 mil hectáreas bajo riego y la posibilidad de ampliar esa cifra.
¿Una cuestión semántica?
Después de la construcción del sistema de diques en su cuenca, el Negro es un río con un caudal medio de unos 900 metros cúbicos por segundo: va de suyo que, por poco que le corresponda a la provincia de Buenos Aires, siempre le alcanzará para la cesión señalada. Esos 50 metros cúbicos por segundo garantizarían un adecuado desarrollo de la cuenca inferior, amén de otras ventajas.
Pero, siempre hay un pero, dos en este caso. El primero es que el Tratado determina en el mismo artículo citado que “las obras (de desvío del Grande al Atuel) serán coordinadas en el tiempo” con las del Negro al Colorado. Esto, para cualquier lógica significa simultaneidad. Menos para “los hermanos mendocinos” que no quieren atar su posibilidad a ninguna temporalidad, por más que ésta haga a la armonía de la cuenca. Lo han dicho, incluso, públicamente.
La postura rionegrina.
El otro pero está dado, increíblemente, por la provincia de Río Negro, que por una ley provincial niega la llamada servidumbre de paso por su territorio del posible canal de trasvase del agua bonaerense, anteponiendo ese criterio nada menos que al resto de las leyes provinciales que aprueban el Tratado y a la Ley Nacional que lo ratificó. Lo curioso y dolorosamente irónico es que Río Negro adopta esa postura alegando que la cesión de aguas parte de una ley surgida de un gobierno de facto, pero acepta los ochenta o más artículos del mismo origen que constituyen el resto del Tratado, que las provincias y la Nación ratificaron ya en democracia. En definitiva: le impide a Buenos Aires disponer del agua que le corresponde.
Así, mientras Mendoza avanza a paso redoblado en su proyecto de trasvase con evaluaciones, estudios y probable obra de cabecera, el volcado de las aguas del Negro al Colorado no pasa hasta ahora de ser letra muerta del Tratado y un sueño en la mente de algunos visionarios. Pero en concreto, nada.
Falta de reciprocidad.
Tamaña falta de incumplimiento de la ley aparece como ridículo. Años atrás, cuando se produjeron las excepcionales crecidas del sistema del Desaguadero, La Pampa, eternamente solidaria e ingenua, ayudó a impedir o atenuar la llegada de las saladísimas aguas del Chadileuvú al Colorado, reteniéndolas dentro de su territorio, preservando así la producción rionegrina y bonaerense. Como se ve poco ha recibido en reciprocidad, especialmente de aquella provincia -Río Negro- que paradojalmente ha desarrollado un estrecho espíritu de comarca en torno a algunos puntos del río, por encima de los límites políticos.
A esta altura, comprenderá el lector, si es que no se ha confundido en el maremágnum de datos, la motivación de esta nota: si existieran las obras de trasvase, si se cumplieran letra y espíritu del Tratado, ningún riesgo tendría la bajante del río Colorado. Es más, reiteramos que -canal mediante- con la utilización de tan sólo el escurrimiento de un mes y medio de los caudales del Negro que se vuelcan en el mar, el sureste pampeano y el valle inferior bonaerense recibirían un formidable envión socioeconómico. Pero para que ello ocurra La Pampa -y también la Nación, obligada a velar por un desarrollo armónico de su territorio y por el cumplimiento de sus propias leyes- debe alentar entre las provincias condóminas del curso fluvial una política de cumplimiento efectivo del Tratado del río Colorado, para que funcione como herramienta efectiva del postergado desarrollo regional y no se pierdan sin utilidad alguna los enormes excedentes del río Negro.