“La tinta tiene sus soldados”

Nada nuevo bajo el sol en esta materia. Desde los comienzos de lo que hoy se asume como Argentina, los medios expresan –vía un protagonismo intensamente activo y definido– las luchas ideológicas que agitan al país. En ésta o aquella trinchera, pero protagonistas. Esa colisión, a veces entrevero pero en general duras colisiones, Fernando Ruiz las despliega en su libro “Guerras mediáticas” como expresión que es, en los hechos, una cultura que signa la vida política, pública del país. Una expresión, claro, de los intereses en pugna y la decisión de hacer prevalecer lo uno y el excluir lo distinto. La que sigue es la conversación que Debates mantuvo con el autor de un libro imprescindible para encontrar en nuestro pasado mucho de nuestro presente.

–A la hora de seleccionar los temas, las ofensivas mediáticas, las guerras mediáticas que signan nuestra historia, tuve que dejar mucho de lado por razones de volumen, por así definirlas, en mi investigación –reflexiona Fernando Díaz.

–¿Ése es el caso del acorralamiento mediático a Arturo Illia liderado –entre otros– por “Primera Plana”, “Convicción”?

–Que no quiere decir que igualmente no reflexione sobre el caso, pero sí lo tuve que correr de la centralidad de mi selección y muy a pesar de que hoy hay trabajos excelentes sobre el caso como los de Catalina Smulovitz, Taroncher, Jibaja…

–¿Qué es Illia en todo ese entrevero, cómo emerge?

–Es una lealtad a sus principios. Él había visitado Europa en el período de entreguerra, o sea la Europa de la construcción de totalitarismos feroces. Ahí toma cuenta de la asociación muy activa existente entre totalitarismo y acción comunicativa pública muy activa. Vuelve imbuido de un fuerte rechazo a que el Estado se convirtiese en comunicadores agresivos. Y él tenía además la experiencia de lo sucedido al presidente Arturo Frondizi, que sí fue un gran activista de los medios, generador de debates. Pero desde la mirada de Illia, Frondizi había activado tanto las olas, que esas olas junto con otras causas dieron por tierra con su presidencia. El de Illia en relación con los medios es un caso… un caso.

–Alain Rouquié lo definió en una oportunidad de “caso triste”…

–Y sus principios lo condicionaron mucho en relación con la ofensiva que lideraban entre otros Mariano Grondona, Mariano Montemayor, que cuando renuncia su secretario de Prensa él no lo reemplaza…

–En relación con Perón, como comunicación, su libro coloca en escena una fecha que permanece en la neblina: 16 de junio de 1945, tres meses antes del 17 de octubre. A Perón le arman el 17. Para ese día, él no quiere saber más nada con la política. ¿Pero qué descubre él en materia de comunicación aquel 16 de junio?

–No sé si se trata de descubrir. Pero de hecho ahí comienza la primera guerra mediática de las que tendrá en términos de lucha de comunicación. Hasta ese 16 de junio él era una parte muy activa del poder militar en el gobierno. Los sindicatos lo buscaban, pero él no los movilizaba, nos buscaba la calle. Ese 16 se produce, vía solicitadas, una ofensiva muy fuerte en su contra por parte de organizaciones patronales, empresarias. Desde la cúpula del poder militar lo miran a Perón diciéndole –digámoslo así– “bueno, demostrá qué tenés”. Entonces él convoca con el respaldo de estructuras sindicales mediante una activa comunicación de razones, intenciones, organización, al primer acto de masas de lo que luego será el peronismo. Se realiza en Diagonal Norte. Ahí él percibe que no vale sólo el poder orgánico de estar en el poder, sino la comunicación y la calle…

Sarmiento y Alberdi

–Volvamos atrás. En su libro hay un tratamiento intenso de la polémica Sarmiento-Alberdi sobre el rol de la prensa. Idas y vueltas, duro y rico que en alguna medida parece disolver la posibilidad de encuadrarlos ideológicamente. Desde esta perspectiva, ¿entre quiénes se da la polémica?

–Es un debate intraliberal. En esa etapa, caído Rosas, etapa formativa del país desde lo organizativo, Alberdi propone un periodismo de colaboración. Sarmiento, el periodismo del cuarto poder. No hay reduccionismo al encuadrar esa polémica en estos términos.

–¿En relación con el ejercicio por parte propia del poder político expresan aspiraciones distintas?

–Sin duda. Sarmiento busca ser la usina, el organizador de Urquiza en el poder. Él irá modificando su mirada sobre la prensa, concluirá que es tan mala como buena. Y ya presidente, seguirá, con medios a su favor, involucrándose de memorables guerras mediáticas.

–En el marco de un país con escasas polémicas de nivel, donde sólo es posible encontrar media docena, el cura Franceschi – Lisandro de la Torre, la de hace una década entre Del Barco y planos de la izquierda sobre la lucha armada, etc. ¿qué expresa sobre Sarmiento-Alberdi en relación con el mundo de las ideas de la Argentina de ese tiempo y del continente?

–Siendo la más rica desde lo argumentativo, pone en marcha un debate de ideas que se sigue dando cíclicamente: a mayor complejidad en la organización institucional de nuestros países, mayor es la discusión sobre cuál es el rol del periodismo y su lugar. Ellos debaten temas actuales en relación con el periodismo.

Destinos cruzados

–Tomando en cuenta lo que alentaron en determinado momento y que luego sufrieron ¿se cruzan mucho los destinos de los más talentosos editores que tuvo el país: Natalio Botana y Jacobo Timerman?

–Sí, se cruzan. Los dos alientan, sin complejos ni tensiones de ninguna índole, golpes de Estado. El del 30 y el del 76. Pero muy rápidamente caen víctimas de lo que fogonearon y terminan en la mesa de tortura manejada por los que ellos fogonearon. A Botana lo tortura el hijo de Leopoldo Lugones que había alentado los golpes con aquello de “Ha llegado la hora de la espada” y cuyo hijo “Polo” fue con la dictadura de Uriburu jefe de la Sección Especial de la Federal; y a Timerman lo tortura la sociedad Camps, Etchecolatz, bonaerense. Y tanto “Polo”…

–Cuya hija “Piri” se suma a Montoneros y desaparece en el 77 y se presentaba socialmente como “Nieta del fascista Leopoldo Lugones, hija del torturador “Polo” Lugones…

–Efectivamente. Y “Polo” publicará todo lo dicho por Botana bajo tortura y Camps, todo lo dicho por Timerman bajo tortura. Publican para demostrar la “maldad intrínseca” –por definir de alguna manera– de uno y otro periodista. Para colmo, Botana estaba casado con una anarquista inquieta, inteligente: Salvadora Onrubia. Hay cosas increíbles en todo este cruce de destinos entre Timerman-Botana como mentores, no únicos, claro, de golpes de Estado que luego sufren. Botana es todo un caso en esa materia. El 5 de septiembre del 30, en sus oficinas, se realiza la reunión final de los mandos civiles del golpe contra Yrigoyen que se daría al día siguiente. De ahí salen autos y camiones con material rumbo a guarniciones militares para alentar el golpe. En uno de esos vehículos va Roberto Noble. Timerman, por su parte, acelera a partir del 74 y después de haber alentado el retorno de Juan Perón al país, los contactos con el poder militar. Ya en el 75, esos contactos tienen una identidad fuerte en un país que marcha al golpe.

–Volvamos a los 50. En su libro emerge, relatado con mucha sustancia, rigor, la intervención a “La Prensa” por parte del régimen peronista. Al menos en una primera lectura surge que “La Nación” no defiende a “La Prensa”, que a juzgar de Ricardo Sidicaro ambos diarios eran, de hecho, el partido liberal conservador de la Argentina. ¿Cómo reflexiona el rol de “La Nación” de cara a la intervención?

–Es difícil evaluar el hecho sin haber vivido ese momento. Pero de acuerdo con los testimonios sobre ese momento y lo que se dijo después, con los años, surge que “La Nación” se movió en el terreno de lo posible, que no se podía hacer mucho. No hay una mirada crítica a “La Nación” en términos de traición. Sí que sobreviviendo “La Nación” mantuvo un espacio que, aún con limitaciones, era importante para la oposición.

–¿Resulta válida la impresión de que Noble es, desde lo intelectual, un protagonista poco explorado por la historia?

–Es posible, sí, sí. Era un hombre de espíritu inquieto, un hacedor… Bueno, creó “Clarín”.

–Usted utiliza, al rastrillar a Noble- “Clarín” y su relación con el régimen peronista en finales de los 40 y los primeros de los 50, el mejor trabajo hecho sobre la Libertadora: el de Isidoro Ruiz Moreno. Ahí se dice que Noble jugaba a las cartas con Perón, plasticidad que no tenían otros editores…

–Diferencia muy elocuente…

–¿Cómo se proyecta esa plasticidad en “Clarín” para relacionarse con el poder si es que se mantiene?

–Para ese tema hay un libro formidable, imprescindible: el de Martín Sivak. A mí lo que me impresiona es lo siguiente: Roberto Noble y Magnetto no se conocieron, pero si uno sigue a Sivak se da cuenta de que tienen un comportamiento muy similar. Oscilan entre tener una relación con las audiencias fuertes, nunca dejarlas, jamás apreciarlas como infantiles, reconocerles inteligencia, etc. Pero paralelamente generar vínculos que generen beneficios. Entonces no se trata del editor clásico que se acerca al poder para obtener beneficios y a la audiencia le da lo que sobra, sino que ambos tienen como dos reyes a los cuales servir y en los cuales sostenerse. Es una lógica que nace con “Clarín” en el 45 y se mantiene hasta hoy…

Del desarrollismo a los Kirchner

–¿El desarrollismo tiene que ver con esa cultura?

–No, con independencia de que Noble alienta lo que con el tiempo será el desarrollismo. Pero en términos de ejercicio de poder concreto en el diario, el desarrollismo llega mucho después –Oscar Camilión, etc.– de que aquella cultura de relación estuviera en marcha…

–¿Noble aspiraba a ser sucesor de Arturo Frondizi?

–Todo indica que sí…

–¿La diferencia entre Noble y Magnetto sólo tiene alcance epocal?

–Magnetto sólo potencia, en otro tiempo, toda una visión, un estilo o cultura de manejar un diario.

–Tengo la impresión de que la lectura minuciosa de los trabajos de Guillermo O’ Donnell le simplificaron definir al kirchnerismo en relación con los medios. ¿Es así?

–Bueno, O’ Donnell es una referencia esencial para reflexionar instituciones, sistemas democráticos, el poder. Y él, de cara a las debilidades existentes en Latinoamérica para consolidar la democracia, formuló una definición muy acertada de cómo suele definirse esa batalla. Sostuvo que quien maneja la agenda de lo que se va a discutir, por quiénes y en los términos que se hará esa discusión, tiene ganada la partida. Y sí, yo sostengo que desde ahí uno puede entender la opinión que el kirchnerismo tiene del periodismo, es una opinión de época. No han inventado nada nuevo en eso. Pero en el libro advierto que lo propio del kirchnerismo en todo esto es su acción, como también lo anacrónico de mirar al periodismo desde esa óptica. Digo concretamente que aun admitiendo que otros gobiernos hayan sido hostiles para con la prensa, es lamentable que se apele desde el kirchnerismo a prácticas que sólo implican un retroceso institucional por antidemocráticas. No se puede reabrir porque sí el debate sobre la legitimidad del periodismo independiente. Es como querer restarle toda bondad, todo favor… no sé, al agua…
Carlos torrengo carlostorrengo@hotmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *