Desde la humildad un gesto de enorme grandeza. En la pequeña vivienda de la calle 26 y 33 del barrio 30 de Marzo, Hilda y Guillermo Pretti padres de cuatro hijos tomaron la difícil y poca frecuente decisión: hacerse cargo de siete sobrinos de uno, dos, cuatro, seis, ocho, 10 y 13 años.
“No podíamos permitir que los internaran en una institución y que tal vez los separaran”, aseguró Hilda al relatar que no ha sido fácil la vida de estas criaturas a pesar de la corta edad. La adicción a las drogas y la violencia de sus padres que hasta generaron la intervención quirúrgica de una de las nenas de cuatro por una hemorragia interna llevó a la Justicia en La Matanza a quitarles la tutela. Ahí empezó la búsqueda de familiares directos que aceptaran hacerse cargo. A pesar de la distancia que los separaban y que ni siquiera conocían a los más chiquitos, el matrimonio Pretti no dudó en darles una familia. Sólo los movió un corazón que traspasa la falta de recursos y el limitado espacio de la vivienda que con esfuerzo han levantado.
La familia abrió los brazos y los cobijó en una habitación en donde faltan camas y colchones para tantos integrantes y una pequeña cocina con una cacerola grande de donde en el almuerzo de ayer el aroma a guiso de fideos abría el apetito. Una mesa rectangular que no deja lugar para tantos comensales y alimenta por turnos, prirorizando a los más chiquitos.
Con una paciencia infinita, Hilda sirve a unos y otros sin descuidar la cuchara que llena la boquita abierta del bebé que espera en una silla. “Que rico tía!!” comentan esas criaturas a modo de agradecimiento al plato caliente servido con tanto afecto, ese que alimenta el alma y que también ayuda a crecer.
Adentrarse en la historia de estos siete hermanitos es meterse en un mundo de extremo dolor, injusto. El mayor de apenas 13 denunció la violencia extrema a la que eran sometidos y no regresó a su casa. Estuvo perdido 15 días y fue encontrado luego de una pegatina de afiches caseros con su fotografía que distribuyeron sus cercanos. Una familia lo había albergado al verlo deambular por las calles.
“Son buenitos a pesar de todo”, aseguró Hilda que conmueve al mediar en un tironeo entre uno de sus hijos y el sobrino de la misma edad. “Esto lo tenemos que lograr entre todos. Somos una familia y hay que colaborar”, le explicó en un rincón del patio al tiempo que abrazaba fuerte a su chiquito sin poder evitar las lágrimas. “No es fácil porque estamos muy apretados y ni siquiera tienen juguetes para que se entretengan. Tengo esperanzas que la gente nos va a tender una mano porque el viedmense es muy solidario”.
Hilda tiene 37 años y durante la semana se queda a cargo de toda la familia respaldada por Diego, su hijo mayor de 17. Su marido es albañil y una oportunidad de trabajo en San Blas, en la costa atlántica de Patagones, sólo le permite regresar a casa los fines de semana. Fue él quien viajó a Buenos Aires y se trajo a los siete hijos de una hermana. Llegaron el 26 del mes pasado.
“Vamos a poder pero le pido a Dios paciencia”, dice la mujer que junto con su marido y sus cuatro hijos llegaron hace ocho años a Viedma, al manifestar preocupación por el próximo invierno y la necesidad de ampliar la vivienda. Este es un hogar en donde la abundancia material no se conoce pero que ahora es más compleja. Un fuentón para bañar a los chiquitos no es suficiente y una ducha es tan necesaria como el resto del mobiliario para una familia de 13 personas que requiere de más brazos para cobijar a todos.