Abuso sexual: los cambios de conductas que deben encender luces de alerta

Varias generaciones crecieron y transitaron la niñez escuchando el relato de “Caperucita Roja”, tanto en sus primeras versiones como en la actuales, se advierte como una pequeña es interceptada por un lobo. Personaje terrorífico que persuade, engaña y hasta seduce a la ingenua niña para lograr su fin.

Si dejamos a un lado el atuendo rojo, la canasta, el bosque y otros elementos, la historia pone de manifiesto una típica situación de abuso.

Un sujeto, a través de conductas y actitudes que van desde el engaño, la seducción, la confusión y la amenaza, con el fin de obtener su propia satisfacción, se acerca a otro para ejercer dominio, donde obviamente no hay consentimiento ni mucho menos conocimiento. Así, se establece una relación asimétrica y quien pretende dominar, cosifica, “posee”, hostiga y coerciona al sometido.

En ocasiones, el abusador, cual lobo feroz que detecta a una víctima desprotegida, se gana su confianza para logar su cometido.

Hablar de abuso es llamar a las cosas por su nombre y entender que implica tanto la ausencia de contacto, entendido este como exhibicionismo, relatos e imágenes erotizantes como también el contacto físico propiamente dicho.

Las consecuencias quedan marcadas casi como el “camino más largo” que atraviesa Caperucita. El intento o el abuso en sí, deja huellas indelebles, pues es vivenciado como un hecho traumático; las impresiones requieren un proceso de elaboración costoso, doloroso, y quien intenta olvidar o silenciar ingresa en un laberinto sin salida.

Según la Psicología, lo que no se resuelve, vuelve una y otra vez en forma de síntoma o de conflicto; y se observa como la víctima expresa una necesidad de evitar y de defenderse de su propia sexualidad, afectando sus relaciones con los otros y con una pareja en la edad adulta; las consecuencias impactan en lo social, en lo psicológico y en lo psicosomático.

En pleno siglo XXI la gama de escenarios trasciende el bosque, y las situaciones de abuso están presentes en el club, el trabajo, congregaciones, en el seno familiar y en los espacios mediados por la tecnología, siendo éstos últimos los más propicios, puesto que el abusador se esconde y camufla detrás de una pantalla o de un celular.

Así como el cazador, llegó a tiempo y salva a Caperucita, son los padres y la familia quienes deben estar alertas ante ciertas señales, máxime cuando a menor edad es mayor la dificultad para “poner en palabras” el incidente.

Indicadores frecuentes

En el caso de niños los indicadores más frecuentes son: dificultades de concentración, atención y memoria, estado de alerta y ansiedad, aumenta la desconfianza, retraimiento, pesadillas, dificultades para conciliar el sueño, llanto descontrolado cuando se apaga la luz, distimia y tristeza.

También sufren alteraciones alimentaciones y en el control de esfínteres, actitudes exhibicionistas, rechazo del propio cuerpo, un conocimiento casi exhaustivo de la sexualidad inadecuado para su edad; algunos niños no quieren desvestirse o bañarse y las más traumáticas y evidentes involucran sangrados, lesiones y dificultad para caminar o sentarse.

En el caso de adolescentes, que no logran enunciar ni denunciar, se advierten idénticas señales que en los más pequeños y se agrega el fantasear con escaparse de la casa, el inicio en el consumo de sustancias, cambios de conducta por sentirse ultrajados, perseguidos, extorsionados y amenazados.

Los adultos son quienes deben tomar el camino más corto y solicitar ayuda. Terminar con el silencio para abordar el problema en los ámbitos adecuados y pertinentes, ya que cuando la intervención es temprana mayor es la posibilidad de comprender, elaborar y cicatrizar la herida.

Por la doctora Guillermina Rizzo

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