

La Argentina, a lo largo de su historia, atravesó desde las invasiones de una potencia extranjera como Inglaterra, hasta guerras por su Independencia y guerra civil. Incluso padeció el bloqueo -antes de llegar a mediados del siglo XIX- de las dos potencias mundiales más importantes de la época (Francia e Inglaterra), así como conoció la “guerra de policía” en la década de los 60 de ese siglo. También protagonizó una guerra de exterminio hacia un pueblo hermano, la Guerra del Paraguay. Y atravesó disputas internas dentro de una democracia amañada donde sólo gobernaban las élites, hasta que la presión popular obligó a la Ley de sufragio universal obligatorio (Ley Saénz Peña 1912). Argentina conoció de represiones injustificadas como la de los Talleres Vasena, en la llamada Semana Trágica, y la de los trabajadores rurales de la Patagonia que reclamaban mínimos derechos para salir de una virtual esclavitud, la llamada Patagonia Trágica.
También conoció de Golpes de Estado, como los de 1930 y 1943, y entretanto padeció el llamado Fraude Patriótico que desnaturalizó la voluntad popular durante la década de 1930, al tiempo que se entregaban las riquezas del país a través del Pacto Roca-Runciman, que Scalabrini Ortiz denominó como el Estatuto Legal del Coloniaje. En ese tiempo, el Imperio Británico decía que la Argentina, sin ser parte formal del Commonwealth, era la hija más prolífica del Imperio, en cuya embajada en Buenos Aires se digitaba el nombre de los Presidentes.
Conoció también el proceso de industrialización, primero precario por efecto de la Segunda Guerra Mundial -y la necesaria sustitución de importaciones- y luego como política de estado del Gobierno surgido de las elecciones de 1946. Y con ello el crecimiento de la masa obrera y de sus organizaciones sindicales que pasaron a ser la columna vertebral del movimiento conducido por Juan Domingo Perón y Eva Perón. En esos años, el crecimiento del país (que pasó a desarrollarse más allá de los productos tradicionales, fabricando locomotoras, vagones, aviones, barcos e incluso energía nuclear) se tradujo en un bienestar del conjunto de los argentinos, que alcanzó niveles de equidad social inéditos hasta entonces. En ese mismo período, la legislación laboral fue pionera en el mundo, anticipándose incluso a los principios de la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Una Argentina que padeció el efecto devastador de una sequía que se llevó dos cosechas enteras de su producción agrícola (1951/1952), pero que no dejaba caer el peso de la crisis exclusivamente sobre los trabajadores.
Una Argentina que, más allá de los crímenes políticos que vivió, como los de Facundo Quiroga, Salvador Mazza, Chacho Peñaloza, Justo José de Urquiza, Ramón Falcón o los atentados terroristas de abril de 1953 en la Plaza de Mayo, jamás podía imaginarse lo que iba a pasar ese 16 de Junio de 1955. Un hecho sin parangón en la historia de la humanidad hasta entonces: que la Fuerza Aérea Nacional de la Armada bombardeara a su propio Pueblo, causando centenares de asesinados y miles de heridos.PlayEl bombardeo del 16 de junio de 1955
En efecto, ese día en que el Gobierno convocaba a una movilización popular en la Plaza de Mayo, fue el elegido para que la Armada Argentina intentara un golpe de Estado. No cualquier golpe de estado, sino uno que concretara el magnicidio del Presidente Constitucional de los Argentinos, el Gral. Juan Domingo Perón y además derramase su odio y sus bombas asesinas sobre el pueblo allí convocado, incluyendo en ese raid asesino otros objetivos como la residencia presidencial (en lo que es hoy la Biblioteca Nacional), el departamento de Policía (Belgrano y Virrey Cevallos) y el edificio de la CGT (Azopardo y Av. Independencia), donde la Central Obrera había convocado a los trabajadores a concentrarse. Fueron varios raids donde los aviones conducidos por asesinos recargaban sus bombas y su combustible para volver a la carga, incrementando el número de víctimas, incluido un ómnibus lleno de escolares, porque al conocer el pueblo a través de las radios el primer ataque, se acercó espontáneamente a la Plaza de Mayo indignado, y así sufrió los nuevos bombardeos, como la metralla que provenía de los sublevados en el Ministerio de Marina. Hubo víctimas en todos los ataques, incluso en la CGT. Entre las víctimas caídas bajo la metralla aérea (las bombas las habían lanzado todas en la zona de Plaza de Mayo), murió el Secretario de Organización del gremio de Tintoreros, partido al medio por los proyectiles.
Los agresores huyeron al Uruguay y nunca pagaron sus crímenes ante la Justicia, incluso algunos se vanagloriaron de ello sin arrepentirse jamás, llegando a ocupar cargos de Gobierno en dictadura e incluso en procesos democráticos.
La violencia generada por este odio brutal dejó secuelas en el país. Tan solo un año después, se llevaron adelante los fusilamientos de militares y civiles que se alzaron en defensa de la democracia y contra la dictadura. Esos hechos tremendos abonaron y justificaron un espiral de violencia que le costó muy caro a nuestro pueblo y del que nunca nos hemos recuperado.
Alcanza con observar los niveles de equidad social y de desarrollo nacional que imperaban entonces y, compararlos con un presente donde, al compás de la grieta y a pesar de la riqueza con que Dios bendijo al suelo argentino, prácticamente la mitad de los argentinos vive en la pobreza, más allá de los 37 años de democracia ininterrumpida.
Al recordar este momento trágico de nuestra historia debemos reflexionar como pueblo y, fundamentalmente nuestra dirigencia política, para entender no sólo el mensaje de NUNCA MÁS a la violencia de las bombas o del terrorismo de Estado, sino también el mensaje que hay que dejar de lado intereses mezquinos y reconstruir una Argentina donde la solidaridad sea el valor de referencia y la Justicia social el objetivo a alcanzar para que cada uno de los que habitan este suelo puedan vivir con la dignidad que se merecen todos los seres humanos.
Es con esta idea que debemos reflexionar para que un hecho tan luctuoso como el que recordamos nos sirva para saber lo que no queremos. Esa violencia vino a quitarnos la dignidad y la justicia social que habíamos alcanzado. Hoy esa violencia sigue vigente bajo otras formas, derivada de la miseria y la pobreza que nos cuesta más vidas que las que se llevaron los bombardeos y las dictaduras, y también los muertos en vida, los “descartados” sin futuro ni esperanza. Por ello debemos rechazarla en todas sus formas y recuperar ese modelo de país que sintetizaba desarrollo, progreso y justicia social para todo nuestro pueblo. No es una utopía, lo pudimos alcanzar y podemos volver hacerlo. ¡Hacen falta patriotas!
A 50 años de la masacre del 16 de junio de 1955, la CGT rinde homenaje a los caídos, recuperando sus nombres del olvido:
ACHIN, LUIS MARIO
ACONDO, ANTONIO
AGUILAR, ALFREDO JOSÉ
AGUIRRE, SEVERO
AGUIRRE, CARLOS
AGUSTONI, ALFREDO ANTONIO
ALBORNOZ DE BARRIO, ANGELA
ALDERETE, ROSARIO
ALVAREZ, JOSÉ
ALVAREZ, JOSÉ MARÍA
AMADOR, PABLO
AMADORI, OSVALDO PABLO
AMARIDIS, PABLO
AMEZÚA, PILAR ISABEL
ANGELUCCI, ITALO (O ANGELINCA)
ARGANADOÑA, PEDRO MEDRANO
ARTESO, JOSÉ ANTONIO
ARIANOVICH, JUAN M.
AULICINO, ALFREDO
AZUNDONI, OSVALDO P.
BACALJA, JOSÉ MARIANO
BACCIADONNE,JUAN CARLOS ALBERTO
BACIGALUPO, JOSÉ
BAIGORRIA, PEDRO H.
BARASCANDOLO MOLTAFRIO, ALBERTO
BARBIERI, DULIO
BASTRANELLI, RODOLFO
BAUCERO CAMILO
BEISCHER, JUAN
BELTRÁN, ADOLFO
BEMBICH, JUAN
BENITEZ PÉREZ, JULIO
BERMUDEZ, SARA
BERTOL, CÁNDIDO
BIELA, JUAN N.
BIELA, PASCUAL N.
BIONDI, ANTONIO
BIONDI, CATALINA A. C.
BIONDI, LUIS JOSÉ
BLANCO, RICARDO EUSTAQUIO
BIONDI, JUAN
BLANES, ATILIORAÚL
BLIZES, ATILIO RAÚL
BLOMBICH, JUAN
BOBADILLA, BENITO ALFREDO
BOLTON, ADOLFO
BONDI, JUAN
BONOMINI, FRANCISCO
BRUNO, CARLOS CAYETANO
BUN, VIOLA SARA
C. VDA. DE DEMARZI, ANTONIA
CALAUDI, MARÍA CARMEN
CALDEVILLA DE GRANERO, JULIA RESTITUTA
CALIGNANO, ANTONIO
CALSINI, JUAN CARLOS
CALVO, FÉLIX VICENTE
CAMPO, FRANCISCO
CAMPOS, FRANCISCO
CANO, H. E.
CANO, DR. ROBERTO LUCIO
CAPODILUPO DE DEMARCHI, ANTONIA
CARATINO, CATALINO
CÁRDENAS, RAMÓN
CARNICER, BLANCA ELSA
CASAGRANDE, ELIO
CASTELLO SUPONI, ANGEL
CASTELLO, ANGEL
CASTILLO, ANTONIO J.
CASTILLO, HÉCTOR EMILIO
CASTILLO, HÉCTOR MARIO
CATARINO, CATALINA
CEPEDA, CARLOS A.
CHARDELLI, GERMINAL
CHELELECO, ESTÁBULO DEMETRIO
CHIDIAK, CONSTANTINO
CHIRULO VDA DE MICHELO, MICAELA
CIRUELO, EMILIO
COMITINI DE MESSINA, DELIA NORMA
CONTRERAS, EDUARDO
CONTRERAS, TOMÁS E.
CÓRDOBA, LAUDINO
CORREA, MÁXIMO EZEQUIEL
CORREO GÓMEZ, MÁXIMO
COSSÉ, ENRIQUE ADOLFO
CRESPO DE GÓMES, ASUNCIÓN
CRESSINI, JUAN CARLOS
CRISCUOLO, RUBÉN HUGO
CROCE, HORACIO
CROMA, RICARDO (O GREMA)
CUACUADRIO, VICENTE
CUARTEROLLA, OSCAR
CUCINEA, ALFREDO
DE FELICE, FRANCISCO E.(SJAN FRANCIAN)C
DÍAZ, HÉCTOR RUBÉN
DÍAZ, ANGEL RAÚL
DIAZ, MARIO JOSÉ .
DIAZ, MARIO BENITO .
DÍAZ, RAÚL J.
DONOSO, MANUEL JESÚS
DOSEGLIA, ROSA
DOYLE DE ALEMAN, NELLY
DRACICH, OSCAR ADOLFO
DUTTE, KETTY IRMA
ENGRASSIA, SANTOS
ESPOSITO, NICOLÁS
ESQUIVEL, LUIS
ESTEVEZ VDA DE GIL, PETRA
FÁBREGAS, LILIA ELSA
FAENA, JACOBO
FARAK, BIFOGES
FAYOS, SALVADOR
FERNANDEZ, ARMANDO
FERNÁNDEZ, ENRIQUE O.
FERRARIO, LUISA ANA
FRAGA, JUAN M.
FRANCO, LUIS ENRIQUE
FRASCAROLI, PEDRO ANTONIO
FURMANERI, VICTORIO SALUSTIANO
GAITTI, FRANCISCO RAMÓN
GALBURU, MANUEL
GALLIGANO, ANTONIO
GAMBA LEANDRO
GARCETE, JOSÉ HORACIO
GARCÍA, ANATOLIO ANTONIO
GARIBURU, MANUEL
GAUDIO, JORGE JOSÉ
GABAY, RODOLFO
GENTILE, DOMINGO
GENTREL, DOMINGO O.
GLUMEN, POLL
GOIRI(O GUEIRI), FRANCISCO RAMÓN
GÓMEZ CORREA, MÁXIMO
GONZALEZ , MARÍA IRENE
GREGORIA, ROBERTO LUIS
GUERRA, NELSI
GUTIERREZ, MANUEL
HERMIDA VDA DE IPPOLITO,CANDIDA
HERRERA DE ANFOSSI, FELIPA ZOILA
HERRERA, ALBERTO WASHINGTON
HOSSES, HOSAÍN
INCHAUSTI, RAFAEL
INSANTI, ROBERTO RUBÉN
ITALO, ANGÉLICA
JARAK, IVA
JAVAIT, RODOLFO
JUBERO, JULIÁN
LANDRISINA, PASCUAL
LARIVA, ENRIQUE
LARROSA, ALFREDO GREGORIO
LARROSSA, LUIS
LAAS, ALBERTO FEDERICO
LAURA, ENRIQUE CARLOS
LEDESMA, JUSTO
LEHAMAN, ANGEL B.
LEIJO, MIGUEL
LEMA, ANGEL BERNARDO
LEVA, MAGNO
LOPEZ, HUGO
LÓPEZ, RUDECINDO HUGO
LORENZO, RODOLFO ÁNGEL
LUCERO, RICARDO
LUCIONI, CIPRIANO
LUISES, VIOLA
MACCHIONE, LEONARDO SALVADOR
MAERLANOVICH, JUAN
MARRA, FRANCISCO
MARCHIONE, EDUARDO
MARINO, DOMINGO
MARINO, JUAN
MARINO, JUAN CARLOS
MARZETTI, OCTAVIO
MATOS,GREGORIO A.
MAULLITO, NILDIS
MESSINA PINZÓN, DELIA N. C.DE
MEDRANO ARGANADOÑA, PEDRO
MENDEZ, OSCAR ALFREDO
MERCANTE, JULIO A.
MERLO, ZULEMA MERCEDES
MERZLANOVICH, JUAN
MESÚA, PILAR A.
MIATELLO, ERNESTO
MIGLIOLI, JOSÉ JUAN
MIGUEZ, MANUEL ROBERTO
MILDNER, HANS ALUCH
MIÑO, CARMELO MELITÓN
MISISCHIA, ANTONIO E.
MOCCA, ORLANDO HEBER
MOLTRASIO, ALBERTO P.
MON, JOSÉ MARÍA
MOSCANTE, JULIO
MURES, OSCAR ANIBAL
MURUA, FRANCISCO
NAVARRO, VICTOR ENRIQUE
NIETO, RODOLFO
NUÑEZ (O MUÑOZ), ALEJO
NUÑEZ, RAÚL ALBERTO
OBERTELLO, RICARDO
OLARDE, IGNACIO
OLIVA, JUAN A.
OLMO, JUAN JOSÉ
OROMA, RICARDO
ORTIZ, NAZARENO CELSO
OTERO LOPEZ, MANUEL
PAPLAUSKAS, ZENÓN
PARASCANDOLO, ALBERTO MOLTASIO
PARIENTE, RICARDO J.
PASCUALA CANALES, LUIS
PASSALACQUA, LUIS A.
PATRIGNANI, SALVADOR (HIJO)ING.
PAVAN VDA DE CARNIO,TERESA
PAZ, PEDRO LEÓNIDAS
PEDRO, MIGUEL
PERA, ROBERTO PABLO FEDERICO
PEREYRA, JULIO
PEREYRA, RODOLFO
PEREYRA, ROSARIO
PÉREZ, DANIEL
PÉREZ, JUAN
PÉREZ, JULIO BENITO
PEREZ, SALVADOR
PERIEROLA,OSCAR
PESSANO, HÉCTOR MARIANO (CACHO) *
PIACQUALINO, VICENTE
PINDULICH, VICENTE
PROTOLENGO, JUAN
PRIETO DE GARCIA, GENEROSA
PUCHULO, CÉSAR AUGUSTO
PUGLIESE, SALVADOR
PULENTA, SANTIAGO ROBERTO
QUINTANA, BENITO
QUINTANA, BONIFACIO
QUINTANA, HORACIO
QUINTANA, HUGO
REYNA, REINALDO
RIVERA, PEDRO
RIZZO, PEDRO
RODRIGUEZ RUIZ
RODRIGUEZ, ANTONIO ALBERTO
RODRIGUEZ, CARLOS
RODRIGUEZ,LUIS
RODRIGUEZ, SIXTO
ROJAS, JULIO VENTURA
ROMERO DE SALGUERO, CARMEN
RONCAGNI, ANA VICTORIA
ROSSÉ, ANTONIO DOMINGO
ROSENDO, JUAN FRANCISCO
ROSSI, MIGUEL
RUIZ, JOSÉ MARÍA
SADEGNANO, ANTONIO
SANGREGORIO, ROBERTO J.
SANTARELLI, GUERINO
SARMIENTO,MIGUEL F.
SAROBE, PEDRO E.
SATURNEMO, VICTORIO F.
SCHIERLING, HUGO
SCONDA, ANTONIO RODOLFO
SEGUÍ, ARTURO L.
SEIJO, MIGUEL
SENRA, JUAN BENITO
SHANAHAN, ARTURO TOMÁS
SILVA, EDUARDO O.
SILVA, RAÚL E.
SMANN, JUAN
SOTERO INCHAUSTI, RAFAEL
SPERANZA, NICOLÁS SALVADOR
STIRPARO, DOMINGO MARÍA
TABORDA, JORGE
TARTARI, DARIO
TERCERO, ROBERTO
TOLEDO, PAULINO
TUNE, GRAHAM M.
UBUCHUL, CÉSAR AUGUSTO
URIEL, DIONISIO
VENANZI, PLÁCIDO GERÓNIMO
VENTURA, SAMUEL
VERA, ROBERTO FEDERICO
VERGARA RUZO, TOMÁS RICARDO RAMÓN
VICO, JOSÉ ANTONIO
VILCHES, EMMA
VIOLA, PASCUAL NICOLÁS
VOLPE, MARÍA ESTHER AURORA
WINNER, L. W.
WHISNERS. B.
YUBERO, JULIÁN

El bombardeo de 1955: sangre y muerte en la Plaza de Mayo y el sueño de ver a Perón bajo los escombros
En momentos en que la relación de Juan Domingo Perón y la Iglesia argentina llegaban al punto de máxima tensión, con miles de feligreses que enfrentaban al gobierno al grito de “Cristo Vence”, unido a la oposición política, un grupo de oficiales de la Aviación Naval, con la anuencia del jefe de la Armada, activaba el bombardeo sobre la Plaza de Mayo que venía planificado en secreto desde hacía varios meses.
Cómo fue el operativo que planeó la Marina, inspirado en el ataque japonés a Pearl Harbor, cuando tomaron las distintas bases aeronavales de la Fuerza Aérea y durante cinco horas bombardearon la Plaza de Mayo y sus alrededores. Los detalles de la operación que pretendía tomar la Casa Rosada con “comandos civiles” y gestar un gobierno “democrático”. En un extracto del libro de Marcelo Larraquy, “Argentina, un siglo de violencia política”, la trama secreta del crimen colectivo de mayor magnitud de la historia argentina.
(…) Entonces no se preveía que la peor respuesta contra Perón no vendría del Vaticano sino del cielo. Muchos de los aviadores navales que bombardearían Buenos Aires el 16 de junio de 1955 habían acompañado la celebración de Corpus Christi el sábado 11. Hasta entonces, no sabían cuándo ni cómo matarían a Perón. Solo tres de sus jefes conocían el plan: la aviación naval bombardearía la Casa Rosada en momentos en que Perón reuniera a su “estado mayor”, los hombres con los que compartía las decisiones de gobierno. Se encontraba con ellos, semana de por medio, los días miércoles a las diez de la mañana. A esa hora se iniciaría el bombardeo. Duraría solo tres minutos.
El plan necesitaba apoyo terrestre. Después de la última detonación, se activarían las células de los comandos civiles. Las componían alrededor de cuatrocientos o quinientos hombres que permanecerían disimulados en calles y bares del centro de Buenos Aires. También debían bloquear los accesos a la Plaza de Mayo. Disponían de dieciséis automóviles. En la hipótesis de que la misión fuese exitosa, y que Perón y su gobierno quedaran reducidos a escombros, los comandos se servirían del terror y la humareda para tomar la Casa Rosada por el acceso de la calle Balcarce. Quizá deberían enfrentar al cuerpo de Granaderos, ya diezmado por las bombas. Los granaderos no eran más de cuarenta hombres sin otra infraestructura que un destacamento interno en la Casa de Gobierno. Si en esas condiciones bloqueaban a los comandos civiles, no podrían contener el avance simultáneo de los infantes de Marina por la retaguardia de la Casa Rosada. Los infantes eran alrededor de trescientos hombres distribuidos en dos compañías. Contaban con fusiles semiautomáticos FN, de procedencia belga, que la Armada había hecho ingresar de contrabando. Serían entregados solo un día antes del bombardeo. Los granaderos, en cambio, debían defender la Casa Rosada con fusiles Mauser, un arma de principios del siglo XX.
La comunicación era otro factor clave para la definición del combate. Los conspiradores habían contactado al ex capitán Walter Viader, sublevado de 1951 con el general Menéndez, enviado a prisión y luego amnistiado. Junto a los comandos civiles, Viader organizaría la toma de las radios que difundirían la proclama golpista. Se esperaba que la noticia de la caída de Perón hiciera saltar a las calles a los opositores.
Solo tres de los jefes conocían el plan: la aviación naval bombardearía la Casa Rosada en momentos en que Perón reuniera a su “estado mayor”
Después del bombardeo, una junta cívico-militar controlaría el poder. Intervendrían la CGT y las provincias, liberarían a los presos por razones políticas y fusilarían a quienes resistieran su autoridad. Los civiles convocados al nuevo gobierno serían tres activos dirigentes de “la contra” peronista: Adolfo Vicchi, mendocino, conservador; Américo Ghioldi, del Partido Socialista, exiliado en el Uruguay, y Miguel Ángel Zavala Ortiz, el más importante de todos, de la facción “unionista” del radicalismo, que acababa de perder el control del partido a manos de Arturo Frondizi. Zavala se comprometió a tomar las bases aeronavales junto a los aviadores.
Lo que preocupaba a los conspiradores era la imposibilidad de acumular fuerzas, después del primer impacto, para defender la toma de la Casa Rosada. Cumplido el objetivo de extirpar el núcleo duro del poder, quedarían en evidencia las víctimas de las bombas en las inmediaciones de la Plaza de Mayo. Se esperaba una reacción popular en defensa de Perón. Esta eventualidad hacía impredecible el curso de la operación. Más incertidumbre generaba la reacción del Ejército, una vez consumados los hechos. En ese ámbito, apenas contaban con la promesa del general León Bengoa, que llegaría a Buenos Aires en tren con una división de Infantería procedente de Paraná. Bengoa adelantó que iniciaría la expedición luego del estallido. No estaría en el frente de batalla desde el primer momento. El problema de los conspiradores era cómo fortalecerse para responder a una probable reacción militar y popular del peronismo.
El centro de operaciones de los rebeldes era la base aeronaval de Punta Indio, de donde despegarían los aviones. En media hora o cuarenta minutos ya estarían sobrevolando Buenos Aires. La toma de la base no presentaría obstáculos. Era difícil encontrar a algún marino que no fuese antiperonista. El jefe de la conspiración era el capitán de fragata Néstor Noriega.
El aeropuerto de Ezeiza era otra base para el despliegue aéreo. Funcionaría como central de reabastecimiento para los aviones después del primer ataque. Desde hacía más de un año se construía allí, en forma clandestina, un depósito para almacenar las bombas y el combustible. Un simulacro aéreo oficial, previsto en Bariloche, fue aprovechado para el traslado de los explosivos desde la base aérea Comandante Espora, de Bahía Blanca, hacia Punta Indio y Ezeiza.
Después del bombardeo, una junta cívico-militar controlaría el poder. Intervendrían la CGT y las provincias, liberarían a los presos por razones políticas y fusilarían a quienes resistieran su autoridad
La Séptima Brigada Aérea de Morón era otro objetivo militar de la conspiración. La toma era más delicada. Había oficiales aeronáuticos interesados en la caída de Perón, pero sin el nivel de intolerancia de la Marina. El control de la brigada permitiría tomar los aviones caza de propulsión a reacción Gloster Meteor. Además, la toma de Morón, la base aeronáutica más próxima al escenario de los hechos, bloqueaba la posibilidad de una respuesta inmediata.
La escuadra aeronaval para el bombardeo estaba compuesta por veintiocho aviones. Cinco de ellos eran los Beechcraft AT11. Descargaban bombas en vuelo horizontal. Los pilotos se habían entrenado con descensos apenas arriba de los cien metros. Otro avión era el North American AT6. Podía descargar bombas de cincuenta kilos volando en picada hacia el objetivo. Tenían veinte naves. La escuadra se completaba con tres hidroaviones Catalina, también de bombardeo horizontal, con bombas de doscientos cincuenta kilos. Un Douglas DC3 y otro DC4 trasladarían las bombas a Ezeiza. En caso de que el golpe fracasara, serían utilizados para llevar a los conspiradores al Uruguay.
La idea del bombardeo tenía al menos dos años. Había sido lanzada casi al azar en una comida de a bordo: imitar el bombardeo japonés contra los norteamericanos en Pearl Harbor, durante la Segunda Guerra Mundial, y destruir la Casa Rosada. Esa era la síntesis. Parecía una fantasía, pero la idea de sepultar a Perón bajo los escombros y poner punto final a su gobierno entusiasmó a los marinos y empezó a fluir de abajo hacia arriba.
El que motorizó el bombardeo fue el capitán de fragata Jorge Bassi. Sería el responsable de sublevar la base de Ezeiza. Bassi construyó el depósito clandestino y durante meses buscó un jefe que se pusiera al frente de la conspiración. Fue el contraalmirante Samuel Toranzo Calderón. El almirante Aníbal Olivieri, jefe de la Armada, había sido sondeado para conducir el complot, pero no quiso asumir la jefatura. Dejó que la sublevación hiciera su propio camino. Cedería el Ministerio de Marina, ubicado a menos de trescientos metros del objetivo enemigo.
Los capitanes Noriega y Bassi, en cambio, se ocuparían de la logística: los aviones, el alzamiento de las bases, la carga de bombas y de combustible, la comunicación interna entre los complotados.
La idea del bombardeo tenía al menos dos años. Había sido lanzada casi al azar en una comida de a bordo: imitar el bombardeo japonés contra los norteamericanos en Pearl Harbor, durante la Segunda Guerra Mundial, y destruir la Casa Rosada
La fecha del ataque a la Casa Rosada se decidió de apuro. El martes 14 de junio de 1955, a la medianoche, Toranzo Calderón supo que el Servicio de Inteligencia de la Aeronáutica (SIA) tenía filmaciones de la entrada de su edificio en la calle Cuba, en Belgrano, donde se veía el ingreso de los conspiradores. Toranzo Calderón esperaba ser detenido de un momento a otro. Decidió adelantar el bombardeo. No tenía tiempo para ejecutarlo al día siguiente, cuando Perón reuniera a su gabinete, pero tampoco podía demorar la operación durante dos semanas. Se decidió para el jueves 16 de junio de 1955.
Ese día, los Gloster despegarían de Morón y volarían sobre la Catedral de Buenos Aires en homenaje al general José de San Martín y en desagravio a la bandera argentina que había sido quemada durante la celebración de Corpus Christi. La programación de este acto era un regalo del cielo para los conspiradores. Si llegaban a tomar la Séptima Brigada, los pilotos aeronáuticos ametrallarían la Casa Rosada y otros blancos estratégicos del poder peronista.
Para el 16 de junio, el servicio meteorológico anunciaba nubes y poco alcance de la visibilidad. Sin embargo, la decisión ya estaba tomada. Noriega, jefe de la conspiración en la base de Punta Indio, ya tenía la escuadrilla de aviones con las bombas cargadas. Bassi, en Ezeiza, tenía todo pronto para el reabastecimiento y esperaba el arribo de tropas de la Infantería de Marina desde Mar del Plata, Azul y Puerto Belgrano, en Bahía Blanca.
La primera bomba
El 16 de junio de 1955, el capitán Noriega se levantó a las 4 de la madrugada. Ordenó una reunión en la biblioteca del casino de oficiales de la base. En ese momento se hizo público el secreto que ya conocían: el plan de ataque y el objetivo del bombardeo. El cielo estaba encapotado; las nubes bajas. Era una madrugada de invierno. Noriega pensó que la luz del día iría componiendo el tiempo. A las 6, casi un centenar de oficiales ya había tomado Punta Indio. Noriega estaba comunicado por radio con Toranzo Calderón en el Ministerio de Marina. Lo acompañaba el vicealmirante Benjamín Gargiulo, que respondía a sus órdenes en el levantamiento, pese a que tenía mayor graduación. Los dos se habían apostado en el comando de la Aviación Naval, en el cuarto piso del Ministerio. Los infantes de Marina estaban en el sótano, a la espera de la primera bomba. La sede naval ya estaba liberada. En la tarde del 15 de junio, Olivieri se había internado en el Hospital Naval.
A las 10 de la mañana, Noriega decidió despegar el Beechcraft AT11 de Punta Indio. Llevaba dos bombas de demolición de cien kilos cada una. Llegando a Buenos Aires, advirtió que el clima tornaba imposible la maniobra. Decidió mantenerse en el aire, en los alrededores de Colonia, Uruguay. Confiaba en que el tiempo mejoraría. La autonomía de vuelo del Beechcraft era de cuatro horas. A esas alturas de la mañana, el capitán Bassi ya había tomado Ezeiza, y recibiría el refuerzo de los infantes de Marina, que ya habían partido desde Punta Indio en cinco aviones de transporte Douglas C47. La Brigada de Morón se mantenía sin novedades. Abajo, en tierra, la visibilidad era casi nula. Desde el Ministerio de Marina la niebla no permitía ver la Casa Rosada.
Perón había llegado a su despacho a las 6.15. A las 7 recibió al embajador norteamericano Albert Nuffert. Una hora más tarde, a las 8, el jefe del Ejército, el general Franklin Lucero, le informó sobre las acciones de los sublevados y la posibilidad de un bombardeo
El presidente Perón había llegado a su despacho a las 6.15. A las 7 recibió al embajador norteamericano Albert Nuffert. Una hora más tarde, a las 8, el jefe del Ejército, el general Franklin Lucero, le informó sobre las acciones de los sublevados y la posibilidad de un bombardeo. Ya tenía confirmado que las bases de Punta Indio y de Ezeiza habían sido tomadas. Le dijo al presidente que se fuera de la Casa de Gobierno y se refugiara en el Ministerio de Ejército. No hay precisión exacta sobre la hora en que lo hizo. Perón diría que fue a las 9.30. Las fuentes son contradictorias. La falta de uniformidad, sin embargo, no resuelve el enigma: ¿por qué, si Perón se refugió en el Ministerio de Ejército entre las 9 y las 10 de la mañana en conocimiento del bombardeo, no ordenó el desalojo de la Casa Rosada? A esa hora, alrededor de cuatrocientas personas, entre funcionarios, empleados y público, permanecían en la Casa de Gobierno. Mucha gente que transitaba por la Plaza de Mayo y sus alrededores también estaba en riesgo. ¿Por qué el gobierno no alertó, o prohibió la circulación, o clausuró los accesos? El enigma se mantiene sin respuesta.
El bombardeo había sido anunciado a las 10. Pocos minutos después, Cosme Beccar Varela, miembro de los comandos civiles, entró en contacto con el Ministerio de Marina y le advirtieron que las naves ya estaban en vuelo. Los comandos estaban divididos en tres grupos, enlazados con un mando central. A las 12 seguían sin novedades. Supusieron que el bombardeo se habría abortado y, además, tenían la orden de no volver a llamar al Ministerio. Decepcionados por la demora, se tomó la decisión de licenciar a la tropa.
A las 12.40 el capitán Noriega lanzó la primera bomba sobre la Casa Rosada. Explotó en una cocina de servicio del primer piso. La bomba, que pesaba ciento diez kilos, mató a dos ordenanzas. La explosión hizo caer parte del techo de la sala de prensa. Los periodistas se escondieron en un túnel interno. Tras el primer impacto, una fila de aviones que esperaba su turno en el aire fue aproximándose hacia el objetivo. Cada piloto disponía de dos bombas. Sobrevolaron la Casa Rosada y efectuaron la descarga.
El bombardeo criminal de los sublevados lanzaría catorce toneladas de explosivos para matar a Perón. También, en oleadas sucesivas, bombardearían a la población civil de los alrededores de la Plaza de Mayo y apuntarían sobre la Policía Federal, la sede de la CGT y la residencia presidencial, el Palacio Unzué, en la calle Agüero. Una de las primeras bombas impactó en un trolebús. Provocó un resplandor rojo sobre la calle Paseo Colón. La explosión no desintegró en forma total la estructura del transporte público, pero la onda expansiva hizo que los trozos humanos quedaran incrustados en las paredes internas. Allí no hubo heridos. Hubo sesenta y cinco muertos.
El bombardeo criminal de los sublevados lanzaría catorce toneladas de explosivos para matar a Perón. También, en oleadas sucesivas, bombardearían a la población civil de los alrededores de la Plaza de Mayo
Tras la primera bomba, los infantes de Marina salieron del Ministerio en camiones de la fuerza. Se dividieron en dos. Una compañía se apostó, calle de por medio, a cuarenta metros de la explanada norte de la Casa Rosada. La otra se refugió en la playa de estacionamiento del Automóvil Club, entre el Parque Colón y el Correo Central, a cien metros de la retaguardia de la Casa de Gobierno. Los marinos comenzaron a disparar. La avanzada sorprendió a un cuerpo de granaderos que acababa de bajar de un ómnibus casi en forma simultánea, sea porque era el cambio de guardia o porque fueron convocados de urgencia.
La base de la Brigada de Morón no fue sublevada de inmediato. Siguió bajo el mando oficial. Tras la primera bomba, se ordenó el despegue de los Gloster para combatir a los sublevados. La batalla estaba en el cielo. Un Gloster persiguió y derribó un avión North American AT6 en la zona de Aeroparque. El piloto, guardiamarina Arnaldo Román, logró lanzarse con el paracaídas y cayó sobre el Río de la Plata. Luego fue capturado.
Parte de la escuadrilla oficial giró hacia la base de Ezeiza para abrir fuego contra los sublevados. En el ataque destruyeron un bombardero Catalina y averiaron una nave de bandera danesa que estaba en la pista del sector aerocomercial. Había fuego cruzado. Los aviones de la Armada comenzaron a bombardear una columna de soldados del Regimiento 3 de La Tablada, que avanzaba en camiones por la avenida Crovara para defender la Casa Rosada. Desde distintas azoteas de edificios públicos en las inmediaciones de la Plaza de Mayo —el Banco Nación, el Ministerio de Economía—, civiles armados comenzaron a disparar contra los aviones rebeldes.
Cuando los Gloster leales aterrizaron luego de su primera incursión, la Brigada de Morón había sido tomada por los conspiradores. El comandante de la Aeronáutica Agustín de la Vega había encañonado a sus jefes mientras observaban el despegue de los jets. Los superiores y subordinados que no habían adherido al levantamiento fueron reducidos en un hangar. Los Gloster cambiaron de pilotos y volvieron a despegar, ahora con un nuevo objetivo: la Casa de Gobierno.
La primera oleada del bombardeo también afectó el edificio del Ministerio de Ejército. Allí, en el sexto piso, estaba el general Lucero junto a Perón, dando instrucciones a las unidades miliares para que ocuparan las posiciones enemigas. Le ordenó a la base aérea de San Luis que despegara una escuadrilla de aviones a reacción y que atacara Punta Indio y Ezeiza. De pronto, la onda expansiva de una bomba alcanzó la oficina. El impacto le hizo perder estabilidad a Perón. Sus auxiliares lo empujaron contra un armario para protegerlo. Enseguida, el Presidente fue trasladado al sótano del edificio.
. Si bien estallaron veintinueve bombas que provocaron doce muertos en la Casa Rosada, muchas otras no llegaron a detonar. La baja altura a la que volaban los aviones no permitió que se activaran las espoletas
A media hora de la primera bomba, el balance era el siguiente: la conspiración golpista dominaba las bases de Punta Indio, Ezeiza y Morón. Hasta entonces, el poder de fuego aéreo estaba garantizado. Pero ya se advertían las carencias: la falta de incorporación de tropas del Ejército. El general Bengoa, que había viajado a Buenos Aires a una reunión en Campo de Mayo para disimular su futura participación en la sublevación, fue detenido en Aeroparque, cuando abordaba un avión hacia Paraná. El Ejército se mantenía leal a Perón: no había movilizado ninguna unidad.
La Infantería de Marina todavía mantenía firme su propósito de tomar la Casa Rosada. Pero la realidad era mucho más ardua que los planes originales. En parte porque las explosiones no fueron devastadoras. Si bien estallaron veintinueve bombas que provocaron doce muertos en la Casa Rosada, muchas otras no llegaron a detonar. La baja altura a la que volaban los aviones no permitió que se activaran las espoletas. Además, el tiempo jugaba a favor del gobierno, que podía acumular fuerzas en la defensa; los conspiradores, no. Los comandos civiles se habían dispersado y no retornaron a la Plaza de Mayo. En tierra solo estaban los infantes, que encontraron un inesperado escollo en el cuerpo de Granaderos. La resistencia de los soldados permitió ganar tiempo. Cerca de la 1, a veinte minutos de la primera bomba, desde el Regimiento de Palermo se incorporaron a la zona del combate la artillería liviana y cuatro tanques Sherman.
¡A las calles, en defensa de Perón!
También las bases peronistas comenzaron a movilizarse. A las 13.12, mientras se incrementaba el fuego entre infantes y granaderos, el secretario de la CGT, Hugo Di Pietro, utilizó la cadena radial y llamó a los trabajadores a concentrarse en los alrededores de la CGT. “¡Todos los medios de movilidad deben tomarse a las buenas o a las malas! ¡La CGT los llama a para defender a nuestro líder! ¡Concentrarse inmediatamente pero sin violencias!”, clamó.
Los camiones de la Fundación Eva Perón y de los sindicatos cargaron hombres y mujeres por los barrios del conurbano y de la Capital para llevarlos al teatro de operaciones en defensa de Perón. Algunos iban con las manos vacías, otros llevaban palos, herramientas de trabajo o revólveres cortos. En Constitución y en el centro porteño fueron asaltados dos locales de venta de armas.
La euforia del peronismo que se movilizaba en camiones se atenuaba apenas llegaban a la Plaza de Mayo. En los acoplados se cargaban decenas de cadáveres levantados de la calle. Los heridos eran trasladados a la Asistencia Pública de la calle Esmeralda y a otros hospitales.La gente huyó ante el estruendo de las bombas sobre la Plaza de Mayo
Tres minutos después del llamado a la resistencia de la CGT, el ex capitán Viader difundió el bando golpista. Con sus comandos civiles había tomado por la fuerza las instalaciones de Radio Mitre. Obligó al locutor a leer la proclama:
“Argentinos, argentinos, escuchad este anuncio del Cielo volcado por fin sobre la Tierra. El tirano ha muerto. Nuestra patria desde hoy es libre. Dios sea loado. Compatriotas: las fuerzas de la liberación económica, democrática y republicana han terminado con el tirano. La aviación de la patria al servicio de la libertad ha destruido su refugio y el tirano ha muerto. Los gloriosos cadetes de la Escuela Naval y los valientes soldados de la Escuela de Mecánica de la Armada avanzan desde sus respectivas guarniciones acompañados por compactos grupos populares que vitorean al movimiento revolucionario. Ciudadanos, obreros y estudiantes; la era de la recuperación de la libertad y de los derechos humanos ha llegado”.
La proclama fue cortada por el personal de la planta transmisora de la radio en Hurlingham. Pocos minutos después, las radios oficiales empezaron a leer un comunicado que tenía la firma de Perón:
“Algunos disturbios se han producido como consecuencia de la sublevación de una parte de la Aviación y la Marina. La aviación militar ha derribado un avión y tres han sido obligados a aterrizar. La situación tiende a normalizarse. El resto del país, tranquilo. Fuerzas del Ejército, de la Aviación, firmes en el cumplimiento del deber”.
De inmediato, en el oeste de la ciudad apareció una segunda escuadrilla de aviones que había despegado de Morón. En vuelo rasante, un Gloster ametralló el edificio de la CGT. Un dirigente obrero, Héctor Passano, intentó responder con su arma corta desde la terraza y fue partido en dos por una ráfaga. También dispararon sobre el Departamento de Policía y el Ministerio de Obras Públicas en la Avenida 9 de Julio. Un oficial fue alcanzado por los disparos y murió en su oficina.
Por detrás de la cúpula del Congreso asomó otro Gloster que se dirigió a la Casa de Gobierno para ametrallarla.
El combate por la Casa Rosada
A poco menos de una hora del primer estallido, Olivieri decidió trasladarse hacia el Ministerio de Marina. Quería hacerse cargo de la sublevación y evitar que lo detuvieran en la cama del Hospital Naval. Para ingresar, aprovechó un sector del puerto por el que todavía no había avanzado el Ejército. Lo acompañaba el teniente de navío Emilio Eduardo Massera, que sería uno de los jefes del golpe de Estado de 1976. Todos los vidrios de los ventanales del Ministerio habían estallado. Los infantes se movían cuerpo a tierra para responder a los disparos de la artillería del Ejército.
A esas alturas, el cuadro de situación era el siguiente: la zona del Bajo, el perímetro de las avenidas Leandro N. Alem, Eduardo Madero y Paseo Colón, la avenida Corrientes y las calles de las inmediaciones estaban en situación de guerra. Circulaban jeeps del Ejército, camiones de obreros y simpatizantes peronistas, se gritaba por Perón, se alzaban banderas. Las balas se cruzaban entre los edificios y la calle. La posición dominante de los infantes empezó a revertirse poco antes de las 3 de la tarde. La artillería había instalado su cuartel en un edificio de Leandro N. Alem y Viamonte para atacar a los sublevados que se mantenían frente a la explanada norte de la Casa Rosada. También civiles armados del peronismo y de la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN) les disparaban desde muros, árboles o terrazas. Pocos minutos después, una compañía de infantes se replegó en el Ministerio de Marina y la otra, apostada en el Automóvil Club, se guareció en el edificio. Olivieri tomó contacto con la Escuela de Mecánica de la Armada, pero ya era tarde para que se volcara al alzamiento: estaba rodeada por el Regimiento 1 de Palermo.
Muchos civiles fueron muertos y heridos en el contraataque. La acción provocó la furia de los leales a Perón. Esta nueva oleada de aviones, la tercera de la conspiración, bombardeó el epicentro del poder: la Casa Rosada, el Ministerio de Ejército, el Ministerio de Hacienda y el Banco Hipotecario
En las bases aeronavales, la conspiración también estaba cercada. Punta Indio fue tomada por una división del Regimiento Motorizado de La Plata. Fue una toma pacífica, porque la base había quedado desguarnecida luego del primer vuelo y la logística había sido trasladada a Ezeiza. El aeropuerto, en tanto, estaba siendo atacado por los soldados del Regimiento 3 de La Tablada. Morón también estaba en riesgo. Los leales al gobierno apresados en el hangar mataron a un teniente de Aeronáutica que los custodiaba y empezaron a dispersarse por la base.
Con las fuerzas de tierra atrincheradas en el Ministerio de Marina, los conspiradores combatían en tiempo de descuento.
Las tropas oficiales atacaban con ametralladoras pesadas desde la Casa de Gobierno y el Ministerio de Ejército. Rodeada de tanques, desde una ventana del séptimo piso de la base rebelde se agitó un lienzo blanco. Eran las 15.17.
Seguidos por grupos de civiles que acompañaban el paso de los tanques, y luego de que mediaran dos comunicaciones telefónicas entre Olivieri y Lucero, los generales Carlos Wirth y Juan José Valle se acercaron al Ministerio en un jeep con la intención de parlamentar sobre la rendición. Pero fueron sorprendidos. A las 15.20, los aviones de la Marina Beechcraft AT, North American AT6 y el Catalina volvieron a sobrevolar la Plaza de Mayo y descargaron treinta y tres bombas. Solo ocho no explotaron. El ataque destruyó dos pisos del ala sur del edificio y mató a un soldado conscripto. También fue muerto un general. Muchas de las naves fueron alcanzadas por las baterías antiaéreas de la Casa Rosada, pero ninguna fue derribada.
Las tropas oficiales atacaban con ametralladoras pesadas desde la Casa de Gobierno y el Ministerio de Ejército. Rodeada de tanques, desde una ventana del séptimo piso de la base rebelde se agitó un lienzo blanco. Eran las 15.17
Los marinos en tierra aprovecharon la confusión y reanudaron el fuego. Muchos civiles fueron muertos y heridos en el contraataque. La acción provocó la furia de los leales a Perón. Esta nueva oleada de aviones, la tercera de la conspiración, bombardeó el epicentro del poder: la Casa Rosada, el Ministerio de Ejército, el Ministerio de Hacienda y el Banco Hipotecario. La residencia presidencial también fue atacada. Cada avión que la sobrevoló lanzó una bomba. Una cayó en el parque del Palacio Unzué y no detonó. Otra mató a un barrendero en la calle. La tercera, que erró el blanco por doscientos metros, cayó sobre la calle Pueyrredón: mató a un automovilista y a un chico de 15 años. El ataque tenía una razón de ser: suponían que en un edificio de la calle Gelly y Obes se había refugiado Perón.
El fuego de los conspiradores se sostuvo poco tiempo más. Un tanque Sherman disparó sobre el segundo piso del Ministerio de Marina, hizo un boquete y provocó un incendio en la sala de almirantes. A las cuatro y media de la tarde, Olivieri reclamó una negociación directa con Lucero. Estaba dispuesto a entregar el Ministerio y rendir las fuerzas rebeldes, pero, mientras los civiles siguieran alrededor de las tropas del Ejército, continuaría el combate. Los sublevados temían que las fuerzas leales no pudieran controlar al pueblo peronista. La rebelión podía concluir con un linchamiento y no querían correr ese riesgo.
Mientras la Marina negociaba los términos de la rendición, Noriega envió un Douglas DC3 de Ezeiza hasta la Brigada de Morón para evacuar a los complotados que seguían en combate contra las fuerzas oficiales. El DC3 podía cargar a treinta hombres. El resto, más de setenta, debía quedar en tierra. La imposibilidad de embarcar a todos generó una discusión entre los pilotos, pero ya no había mucho tiempo. El DC3 pudo levantar vuelo pese a la sobrecarga: terminó llevando a cincuenta pasajeros. Los marinos también lograron despegar los Gloster. En vuelo hacia el Uruguay, ametrallaron la Casa Rosada. Fue el último acto de servicio de la rebelión frustrada.
Los tres líderes de la rebelión, Olivieri, Toranzo Calderón y Gargiulo, estaban en calabozos separados. El mayor Vicente les adelantó que serían juzgados por una corte marcial y que no podrían escapar al fusilamiento. Antes de retirarse, dejó a cada uno de ellos una pistola para que decidiera por sí mismo su destino. Uno solo la usó
Entonces, a las 17.25, en la Plaza de Mayo ya había miles de personas convocadas por el gobierno. En forma simultánea al vuelo de los Gloster, desde el Ministerio de Ejército, Perón encomiaba por cadena nacional “la acción maravillosa que ha desarrollado el Ejército cuyos componentes han demostrado ser verdaderos soldados […]. Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de la Marina de Guerra, que es la culpable de la cantidad de muertos y heridos que hoy debemos lamentar los argentinos”.
Para entonces, desde las bases de Morón y Ezeiza, treinta y seis aviones con ciento veintidós sublevados habían huido hacia el Uruguay. Uno de ellos era el radical Zavala Ortiz.
El mayor del Ejército Pablo Vicente, a cargo de la custodia de los prisioneros del Ministerio de Marina, visitó en la madrugada del día 17 a los tres líderes de la rebelión, Olivieri, Toranzo Calderón y Gargiulo. Estaban en calabozos separados. Les adelantó que serían juzgados por una corte marcial y que no podrían escapar al fusilamiento. Antes de retirarse, dejó a cada uno de ellos una pistola para que decidiera por sí mismo su destino. De los tres hombres de armas, Gargiulo fue el único que la usó. (…)
Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es “La Guerra Invisible. El último secreto de Malvinas”. Ed. Sudamericana www.marcelolarraquy.com
