El eco de un flash que no se apaga: A 29 años, el crimen de José Luíz Cabezas que nos desnudó a todos

(NOTI-RIO) Eran días de calor agobiante, esos de enero donde la arena de Pinamar quema y el mar parece un refugio. Pero para el periodismo argentino, el 25 de enero de 1997 quedó congelado en un invierno eterno. Se cumplen tres décadas -casi treinta años- desde que el silencio se adueñó de la cámara de José Luis Cabezas.

La foto que costó una vida

José Luis no era un fotoperiodista cualquiera; era un tipo que buscaba la verdad detrás del lente. En la Argentina de los 90, un país que vendía la imagen de la modernidad a pasos agigantados, había un hombre que se negaba a ser visto: Alfredo Yabrán.

El “empresario fantasma”, dueño de las sombras y de los negocios más sucios del menemismo, tenía una regla de oro: “Sacarme una foto es como pegarme un tiro en la frente”.

Cabezas desafió esa maldita profecía. Logró lo imposible: capturarlo en una playa de Pinamar, junto a su esposa, caminando como si nada, en un verano de 1996.

Esa imagen, publicada en la revista Noticias, lo condenó. Un año después, el fotógrafo volvió a la costa. Esta vez, no estaba solo el sol; estaba el odio de un poder que no toleraba ser expuesto.

Un Renault 19 incendiado y la verdad quemada

La narrativa oficial intentó venderlo como un “robo que salió mal”. Pero la realidad fue más cruda y dolorosa. José Luis fue secuestrado, torturado y ejecutado de dos disparos en la nuca. Su cuerpo fue encontrado dentro de su auto, un Renault 19 reducido a cenizas en General Madariaga.

La investigación abrió una caja de Pandora que la Argentina intentó, sin éxito, volver a cerrar. Salió a la luz la “maldita policía” bonaerense, con el oficial Gustavo Prellezo como operador de un sistema criminal que protegía a Yabrán. Hubo zonas liberadas, encubrimientos y una banda de “Los Horneros” dispuesta a todo por dinero.

La deuda impagable

Yabrán se suicidó en 1998 antes de ser detenido, llevándose a la tumba muchos secretos. Varios de los culpables ya están en libertad, cumpliendo condenas que para la familia de Cabezas y para la sociedad se sienten agridulces.

A 29 años de aquella noche trágica, los padres de José Luis partieron sin ver justicia plena, y su hermana Ana continúa la batalla incansable contra el olvido.

Hoy, más que nunca, el “No se olviden de Cabezas” resuena no solo como un grito de libertad de prensa, sino como un recordatorio humano: detrás de cada noticia, hay una vida que vale la pena defender.

El río sigue corriendo, el tiempo pasa, pero esa foto que le costó la vida sigue ahí, clavada en nuestra memoria colectiva, gritando que el poder no puede matar la verdad.

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