Las nuevas tecnologías han cambiado de manera absoluta el modo en que recibimos información. Hoy, la información nos llega por múltiples plataformas, en todo momento y en cualquier lugar en que estemos. Las tabletas y los teléfonos inteligentes con conexión satelital a internet se suman a las PC de escritorio, las notebook, las netbook, las pantallas de led en las esquinas, el televisor, la radio y el tradicional diario en papel. La inmediatez en el modo en que nos enteramos del atentado en la maratón de Boston o de un terremoto en Irán compiten con la velocidad a la que viajan las noticias sobre las cosas que suceden en nuestro entorno más inmediato.
Hechos, datos, imágenes, videos… unos desplazan a los otros, con la misma presteza con que los posteos de Facebook o Twitter van dejando atrás a los que llamaron nuestra atención hace apenas unas horas.
En ese marco, en que todos informan, retransmiten, twitean y aportan… una pregunta surge con fuerza: ¿para qué seguir haciendo periodismo?
Mi impresión es que el trabajo de los periodistas es hoy más necesario que hace algunas décadas, cuando eran casi los únicos en trabajar con la información como insumo, objeto y producto final de su labor.
El periodismo, tanto en esta era como en cualquiera de las anteriores –y, es de esperar, en las que vendrán– tiene como misión trabajar la información de acuerdo con competencias técnicas y éticas propias de la profesión. Y en esto, los cambios que la tecnología introduzca en los soportes o herramientas con que se desempeña la industria de los medios no tienen más alcance que aquel supuesto por la dicotomía entre la forma en su relación con el fondo de cualquier cuestión.
El periodismo es una actividad profesional regida por el principio del interés público y por normas éticas, y su marco general es el reconocimiento constitucional de la libertad de expresión y el derecho a la libre información. Estas son, a su vez, condiciones indispensables para que se haga realidad el control ciudadano de los poderes económicos y del Estado, sin el cual es imposible pensar siquiera en la existencia de un sistema republicano y democrático sano.
Lo único que ha cambiado, entonces –aunque ello no signifique poco en términos relativos–, es que el “insumo” de los periodistas es hoy la información textual, los videos, los audios, las imágenes y los contenidos no sólo originados en las fuentes de información tradicionales sino también los aportados por el público a través del sitio web o de las redes sociales, en un círculo que se realimenta en forma constante y veloz.
Es decir, se han modificado las rutinas de los periodistas a lo largo de su jornada de trabajo. Y han evolucionado también las habilidades que es necesario que desarrollen, del mismo modo en que cambiaron durante el pase de la máquina de escribir a la computadora. Pero no ha cambiado lo esencial de su tarea. Los periodistas siguen obligados hoy a confirmar la veracidad de la información que les llega, usando los datos como disparador de nuevos interrogantes, pensando el mejor modo de presentar al público la información a través de un uso correcto del lenguaje, de un modo atractivo y poniendo el eje en el interés público, tienen que evaluar el modo de aportar elementos de análisis –tales como antecedentes, opinión de especialistas, previsión de los efectos que tendrá tal información–, es decir, tienen que seguir haciendo periodismo.
¿Para qué le sirve el periodismo –y los periodistas– a la sociedad? Sencillo: son uno de los elementos que contribuyen a que una sociedad sea tal, en lugar de una suma de personas. La agenda de los medios de comunicación –de todos ellos, aún en su diversidad y especialización, la de aquellos orientados a públicos específicos o incluso los de entretenimiento y los hiperlocales– aportan información que, en muchos casos, estaría de otro modo vedada al público. Y no sólo aquellos temas de investigación sobre cuestiones verdaderamente secretas del poder. Sino todo el cúmulo de informaciones, datos y opiniones sobre hechos, cambios sociales, preferencias, conflictos y dilemas.
“Periodismo es dar a conocer lo que alguien quiere mantener oculto. Lo demás es propaganda”, escribió Rodolfo Walsh. Se refería, claro, a una parte de la información que comprende la agenda de los medios de comuni cación: a la estrictamente periodística.
LA INFORMACIÓN, UN DERECHO ESENCIAL
Para comprender la utilidad del periodismo para una sociedad, es necesario reflexionar sobre la importancia de la información, un derecho esencial de las personas consagrado por los convenios internacionales de derechos humanos y por todo el derecho interno del país.
Es claro que cuanto mayor información posea una persona sobre el funcionamiento de las instituciones, sobre el modo en que los funcionarios públicos administran el Estado, o sobre la manera en que los políticos toman decisiones que involucran al conjunto, mejor podrá ejercer su condición de ciudadano y hacer uso de sus derechos. Sin información, las garantías que la Constitución consagra en su primera parte son letra muerta. Votar, por ejemplo, es sólo un acto verdaderamente consciente cuando el elector posee una información completa y diversa de las condiciones personales, morales y profesionales de los candidatos, del contenido de sus propuestas o planes de gobierno, de su pensamiento sobre los principales temas que le importan a su grupo social o de intereses y cuando dispone de la libertad de elegir sin más presión que sus convicciones.
De igual modo, en su faceta de consumidor, la persona requiere estar informado respecto de las condiciones de precio y calidad de los productos que se ofrecen, pero también de las novedades del mercado, de las fallas o problemas que presenten los negocios o productos, de los derechos que le asisten en caso de vicios redhibitorios o defectos en artículos o servicios.
En relación con las cuestiones ambientales, conocer el modo en que los Estados y las empresas privadas gestionan los pasivos ambientales resulta determinante para la salud de la población y para la toma de innumerables decisiones cotidianas. Y la curiosidad –aún molesta– de los periodistas y de los medios se hace en ese punto indispensable, ya que su tarea no suele ser fácil y en más de una ocasión los obliga a enfrentar presiones o situaciones violentas.
En definitiva, el efecto de las nuevas tecnologías, lejos de inhibir el ejercicio del periodismo, lo nutre con nuevos desafíos. Internet ayuda al buen periodismo, porque permite chequear mejor las informaciones, acceder a más bases de datos y a aplicaciones para procesarlos, multiplica los contactosy fuentes sin barreras de distancias, todo lo cual contribuye a un periodismo más eficaz en el control de los poderes y, a su vez, favorece a que la sociedad ejerza su derecho de control sobre la calidad del periodismo.
Además, la multiplicidad de voces supone una competencia que pone a prueba la calidad, el rigor y la agilidad de un profesional y de un medio. Pero también le aporta una infinidad de posibilidades al hacer posible una relación renovada y mucho más intensa, horizontal y dinámica con el resto de las personas que conforman la sociedad y, en especial, con sus lectores y sus fuentes de información.
Más que las formas, entonces, el tema de fondo sigue siendo el mismo que hace décadas: Cómo hacer posible un periodismo de calidad, comprometido con el fortalecimiento de la democracia y con el interés público, con la búsqueda de la verdad y el respeto a los modos armónicos de convivencia, eludiendo prejuicios y discriminaciones, violencia e injusticias, con verdadera vocación de un servicio público, profesional y ético.
(*) Periodista. Prosecretaria de Redacción.
